Me
sentía como una muñeca de juguete. Esas dos personas se lo estaban pasando
bomba a mi costa. Riky, el peluquero, me había llenado la cabeza de papel de
plata para, según él, dale algo de color a mi castaño pelo. Eve, por su parte,
me rodeaba de un montón de telas para ver que color iba mejor con mi tono de
piel. Me miré al espejo, pero no me reconocía. Nunca había ido a ninguna
peluquería. Me había apañado yo sola con unas tijeras por temor a que mi padre
me recriminara la frivolidad de ir a una centro de belleza. Me decía que lo mío
no tenía arreglo. Al parecer ni Riky ni Eve se daban por vencidos y estaban
dispuestos de hacer de mi una princesa. Cuando Riky me quito el papel de plata
y me lavo la cabeza me puso una toalla y me dejo en manos de Eve que me midió
de pies a cabeza.
-
Vas a estar estupenda con el vestido que te voy
a hacer – me dijo risueña.
Al final termine en albornoz mientras entre los dos me hacían la
manicura y la pedicura. Me sentía como Julia Roberts en Pretty Woman. Me
consolaba el echo de que yo no tuviera ni tan mal vocabulario ni la misma
vocación de ella. Cerré los ojos y me deje llevar entre los perfumes que me
rodeaban. Me pusieron algo en la cara. Riky empezó a jugar de nuevo con mi pelo
mientras Eve montaba algo con las telas que había escogido para mi vestido. Cuando
quise abrir los ojos Riky no me lo permitió.
-
¡Oh no cariño! Ahora no te dejo que los abras.
Quiero ver tu ojos sorprendidos cuando veas los que Eve y yo hemos hecho
contigo – y me palmeo el hombro.
Noté como me pintaban la cara. También noté cuando Eve me puso el
vestido. Riky no paraba de retocarme el pelo cada vez que yo me movía
repentinamente. Creo que pase muchas horas en sus manos. Disfrutando de el
cuidado que me daban. Noté como unas manos me cogían por los hombros y me
conducían hacia algún lugar. No se escuchaba ningún sonido. Escuche como una
puerta se abría y como se cerraba tras de mi. Reconocí el olor de mi cuarto.
-
Abre los ojos corazón – me dijo Riky.
Cuando los abrí creí en la magia. No podía creer que la chica que
reflejaba el espejo fuera yo misma. Mi pelo brillaba como nunca con unos tenues
reflejos rojizos que al sol se verían todavía más. Mi melena caía en unos
bonitos bucles hasta mis hombros. Tenía el flequillo liso hacia un lado. Estaba
ligeramente maquillada. Me habían puesto un color rojo en los labios que no
desentonaba. Simplemente les daba color. Mis mejillas estaban sonrosadas, ya
sea por el polvo o por que me había puesto roja de la emoción. Mis ojos estaban
pintados en todos rosas suaves que misteriosamente hacía brillar el marrón de
mis ojos. Luego llegaba lo mejor. El vestido. Era de un rojo intenso. Era de
palabra de honor. Por debajo de mis pecho había una cinta de raso negro que impedía que el vestido se
me cayera. El vestido caía hasta mis rodillas y dejaban ver unas piernas
bonitas, bien formadas. Los zapatos iban a juego con la cinta. Eran negros de
raso con una poco de tacón. Supongo que alguien les había advertido que el
equilibrio no era lo mío. Me di la vuelta y los dos me miraban muy satisfechos
con su trabajo. Me lancé a ellos y los abracé.
-
Ten cuidado o tu vestido se ira al garete – me
dijo Eve.
Riky me aparto y me empezó a poner el pelo en su sitio.
-
Las princesas tienen que ser cuidadosas con su
aspecto – me acarició la mejilla – No escondas tu belleza nunca más o James se
las tendrá que ver conmigo por permitírtelo.
Escuche mi risa y también me pareció magia. Era mi risa, la de
verdad. La de una adolescente feliz.
-
Ahora baja las escaleras, te están esperando –
me dijo Eve.
Me di la vuelta y abrí la puerta.
-
¡Con delicadeza! – me recordó Riky. Luego
escuche como le decía a Eve – Ese abrazo a valido más que mil palabras, en
serio – y luego escuche sus risas.
Baje las escaleras algo nerviosa. No quería tropezar, caerme y
estropear el maravilloso trabajo. A los pies de la escalera me esperaban dos
chicos vestidos de etiqueta. Hasta que no estuve a cinco escalones de ellos no
les reconocí. A Derek se le veía muy guapo con su traje blanco. No podía ser de
otra manera en él. No venía con el los trajes clásicos negros. El tenía que
desentonar, dar la nota. Llevaba una corbata blanca contrastando con su camisa
negra que estaba bien metida por dentro del pantalón, aunque dudaba que durase
mucho por dentro. En el bolsillo de la americana llevaba un pequeño capullo de
rosa roja. A su lado, estaba Jack. Cuando le miré a los ojos mi corazón se
acelero. Llevaba un traje negro clásico con una camisa blanca y una corbata
roja. En el bolsillo de su americana también llevaba una rosa roja. Entre los
dos me ayudaron a bajar el ultimo escalón, pues tenía la sensación que mis
rodillas ya no me sostenían.
-
¡Estas preciosa encanto! – me dijo Derek.
Le sonreí nerviosa. Las palabras habían volado de mi garganta
desde que me había visto en el espejo. A la derecha de nosotros estaban James y
Mikel en sus brazos. James sonría satisfecho como si el hubiera sido quien me
hubiera peinado y vestido y Mikel reía divertido.
-
La cenicienta se ha convertido en princesa –
dijo riendo.
Sus palabras eran ciertas pues me sentía como en un cuento. Estaba
en el punto de la historia donde los malos momentos y las penas eran
recompensadas. Donde se empezaba a creer que los sueños se podían hacer
realidad. Jack se acerco a mi y me puso una ramillete en forma de flor de color
rojo y negro. Por un momento creí que me ponía una amapola de aquel prado donde
mi corazón empezó a latir a la sintonía del amor. Jack se acercó un poco a mi y
me dio un beso en la mejilla. Se quedo un momento cerca de mi oído y me dijo:
-
La palabra preciosa se queda corta para
describirte, estas realmente hermosa Sam.
Mis ojos querían llorar de emoción pero me mantuve firme pues Riky
era capaz de hacerle algo horrible a James si me estropeaba el maquillaje. Les
dedique a todos una sonrisa temblorosa.
-
No se... – junte mis manso y las puse en mi
pecho – No se como daros las gracias por... – cogí aire evitando que mi voz se
quebrara - ... por hacer todo esto por mi. ¡Muchas gracias de verdad!
Al momento James me abrazó. Me sentí segura entre sus brazos.
-
Espero que te guste mi regalo de cumpleaños. Ya
se que es mañana pero me moría de ganas por saber que había debajo de esa capa
de malos recuerdos. Estas guapísima Sam, realmente guapísima – y me dio un beso
en la mejilla.
Mikel tiró de mi vestido para llamar mi atención. Le miré como
alzaba su manita y me cogía mi mano. Me dio un beso húmedo en ella como si el
fuera el príncipe y yo la princesa.
-
¿Bailaras conmigo mi lady? – me dijo divertido y
emocionado.
-
Por supuesto, estaré encantada de bailar junto a
ti Lord Mikel – dije divertida.
-
¡Bueno! – espetó James – Tenéis que iros ya, la
limusina ya ha llegado – mi boca se desencajo ¡Limusina y todo! - ¡Venga, no
quiero que lleguéis tarde!
-
No seas plasta viejo – soltó Derek riéndose al
ver mi cara.
-
Si quieres ser abogado más te vale mejorar tu
vocabulario Derek – le regaño su padre.
-
Si, padre – dijo burlón.
Jack me cogió del codo y puso mi mano sobre su brazo. Me condujo
hacia la larga limusina que nos esperaba a la entrada de la casa. Derek me
abrió la puerta imitando muy bien a los mayordomos de las épocas pasadas.
Dentro de la limusina estaba oscuro pero algo hacia refleja millones de
estrellas por dentro. Hasta que no giré la cabeza no creí que me pudieran
sorprender todavía más, pero así era. Raquel estaba allí vestida con un vestido
de lentejuela plateados. Su melena rubia estaba recogida en una coleta alta. De
sus orejas colgaban dos aros plateados a juegos con su vestido. Me abalance
sobre ella y nos fundimos en un efusivo abrazo.
-
¡Pero si hablé contigo esta mañana! – dije sin
salir de mi asombro mientras me sentaba a su lado si soltarle las manos a mi
mejor amiga.
-
Y yo estaba en el aeropuerto esperando para
facturar mis cosas y venir hasta aquí – me acarició la mejilla - ¿Creías que me
iba a perder el cumpleaños de mi mejor amiga?
-
Gracias – dije con voz temblorosa.
-
Será mejor que no llores Sam – dijo Jack que
estaba sentado enfrente mío – O no podré ir a cortarme el pelo en un año porque
Riky me matará si se te estropea el maquillaje – dijo divertido.
-
Llora todo lo que quieras – dijo Derek riéndose
– Quiero ver como le deja ese tío a Jacky – se agarro la tripa con los brazos –
Estoy que reviento de risa solo de pensarlo.
Paró de golpe cuando su primo le dio un codazo mal disimulado en
las costillas. Y entonces fuimos nosotras las que nos reíamos.
No tardamos mucho en llegar al instituto. Cuando bajamos de la
limusina la gente rodeo a Raquel. Me sentí algo celosa porque la estaban
acaparando. También estaban avasallando a Derek y a Jack, pero Jack no me
soltaba. Me tenía cogida de la cintura y me llevaba allá donde le llevaba la
gente. De lejos vi como Tom cruzaba unas palabras nerviosas con Raquel que
sonreía feliz. Nos dirigimos al gimnasio donde nos darían los diplomas y la
orla con las fotos de todos nosotros. Me sentía bajar del cielo de pies a
tierra. La magia no podía durar allí donde yo me dirigía. Mis compañeros me
miraban fascinados pero no me dirigían la palabra. Era frustrante darse cuenta
que por culpa de mi timidez y de las cosas de la vida no había podido
relacionarme con nadie más.
-
Sentémonos allí – grito Raquel que de repente
salió de la nada y estaba a mi lado de nuevo – La gente no te reconoce Samy –
me dijo divertida.
Me senté flanqueada entre Jack y Raquel. De repente las luces se
apagaron y Jack me cogió de la mano. Que sin darme cuenta me había empezado a
temblar.
-
No te preocupes, yo estoy contigo – me dijo al
oído.
Una pantalla brillo y empezó a proyectar imágenes de nuestro curso
desde que éramos unos renacuajos. Me vi en un par, siempre al lado de Raquel.
Las últimas ya eran de este curso. A pesar de las pocas semanas que habían
pasado aquí Derek y Jack salían en varias. Haciendo ver la popularidad que les
rodeaba. También salió la foto en la que Jack y yo salíamos abrazados en la
terraza y por la que Raquel se enfadó conmigo. Entendí que la foto había sido
para este día de parte de alguien del departamento de fotografía. Cuando la
imágenes dejaron de salir las luces volvieron a encenderse. El director se puso
delante de todo el alumnado y dejo salir el discurso de todos los años que
dedicaba a los alumnos que se graduaban. Luego fue nombrando uno por uno para
que subieran y darles el diploma y la orla.
Cuando fue mi turno casi me caigo subiendo las escaleras. Pensé que la
gente se echaría a reír al verme hacer el ridículo pero lo único que mis oídos
alcanzaron a oír fue a cinco voces distintas que me vitoreaban desde la otra
punta de la sala. Distinguí la voz de Mikel porque era infantil y chillona, la
voz de James que sonó firme como si estuviera delante de un juez gritando
¡Protesto! También escuche a Derek que se reía a la par que gritaba mi nombre.
Raquel no podía ser menos y competía con él para ver a quien se le escuchaba
más. Pero hubo una voz que me paralizó el corazón, que detuvo mi tiempo y puso
el contador en cero. La voz que más necesitaba oír se escuchaba más fuerte que
ninguna en mis oídos. No sabía que fuera capaz de distinguirla entre tanto
ruido, pero mi corazón sabía apreciar aquel sonido que salía de los labios de
mi madre. Cogí el diploma y la orla a prisa y baje las escaleras sin mirar al
suelo.
