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20 marzo 2012

Bajo la lluvia


¿Sabes? Me gustaría pensar que el camino que estoy escogiendo es el correcto. Hay días que de verdad lo pienso, otros me gustaría huir e ir lejos, donde solo pudiera encontrarme quien yo quisiese. ¿Adivinas quién? No, creo que no lo acertarías y menos en un día como hoy.

Siempre te valoraste poco, nunca te viste como realmente eres. Un modelo a seguir, un héroe a mi ver. Siempre has estado a mi lado, aunque no te lo pidiera, aunque quisiera estar sola, siempre  estuviste allí y te lo agradezco de corazón.

Sé que suena egoísta pero me gustaría que estuvieses aquí, apoyándome. Para que me digas si de verdad  estoy haciendo lo correcto. Aunque entiendo que no quieras venir. Y la verdad, es mejor así. Estoy segura de que si saliera y te viera ahora mismo con tu sonrisa torcida, el pañuelo en la cabeza y las manos en los bolsillos... Saldría a la carrera y me tiraría en tus brazos sabiendo que en el mismo momento que mis brazos rodearan tu cuello tu sacarías las manos de los bolsillos y rodearías con ellas mi cintura. Luego, como has hecho siempre, esconderías la cara en mis cabellos... Y en ese momento me olvidaría de todo y de todos... Y sabes tan bien como yo que eso no debería ser así...

¿Te acuerdas de cómo nos conocimos? Era por la tarde, llovía y yo estaba dando una vuelta por una carretera alejada de la población porque había ido a visitar a mi abuela.

Me estaba agobiando dentro de aquella casa con olor a naftalina y salí con mi paraguas a la calle. Tú te cruzaste conmigo, pero ni siquiera me vistes. No llevabas paraguas y te estabas empapando entero. El pañuelo de la cabeza lo tenías pegado a la cabeza, por la chupa de cuero resbalaban las gotas de lluvia y en tu cara solo se reflejaba la rabia. Me acerque a ti y te puse mi paraguas sobre la cabeza. Tú me miraste y yo me sorprendí al ver tus ojos de color miel. Me cautivaron. “Te estas mojando” te dije. “Déjame en paz” farfullaste. Pero a pesar de tu contestación yo seguí tapándote con mi paraguas. “¿Por qué me sigues?” me dijiste. “Para que no te empapes más. Si quieres puedes venir a casa mi abuela a secarte, no esta muy lejos de aquí” Me miraste extrañado. Al final accediste pero no sin parar de quejarte de las féminas. Que quieras que te diga, para mi fue mejor que tu novia te dejara en medio de aquella carretera. Gracias a ello nos conocimos.
Gracias a ello supe que era el preocuparse por alguien más que por uno mismo, aprendí a reír de verdad, aprendí a apreciar la vida y valorarme a mi misma.

También sé que no es momento para decir lo que tengo que decirte pero no puedo tenerlo dentro de mí. Pero realmente te necesito aquí a mi lado. No se que nos paso aquel día. No entiendo porque todo tuvo que cambiar. ¿Tan grave fue lo que paso? ¿Tanto miedo teníamos de sentir lo que sentíamos? ¿Tan malo fue aquel beso que hizo que nos separáramos? Yo soy culpable por esconderme y no querer hablar pero tú también lo eres por irte sin decir nada. Me dejaste descolocada, confusa y alterada. Lo que sentí con el aquel beso fue indescriptible. Desde luego no fue como los besos que anteriormente había dado. Ese beso me cambió pero también me dolió.

Siempre nos habíamos llevado genial, teníamos una conexión que superaba a la relación que tenían muchas parejas a pesar de que nosotros solo éramos muy buenos amigos. Nos entendíamos con facilidad y pocas veces tuvimos discusiones. Siempre estábamos allí para el otro. Pero..., ¿no te diste cuenta que si no tuvimos una relación con otra persona fue por algo? No nos hacía falta nadie más porque nos teníamos el uno al otro.


Y aquí me tienes, dando un paso importante en mi vida. Apunto de cruzar un pasillo para entregarme en cuerpo y alma a otro hombre, a otro que no eres tú. ¿Y sabes que es lo que realmente no entiendo? Que la persona que me gustaría que estuviese al final del pasillo seas tú. ¿Pero no es así verdad? No eres tú y tampoco te veré hoy.

¡Qué estúpida! Estoy llorando y no debería ser así. Debería estar feliz y gloriosa. Al fin y al cabo, es el día de mi boda ¿no? El sueño de cualquier mujer... ¿Mi sueño?


Ella cerró la carta sin haber firmado, sabiendo que él sabría de quien se trataba. Le dio la carta a su hermana, ella sabría qué hacer con ella y le evitaría que estar mucho rato en aquel lugar que no le agradaba. Sin decir nada su hermana se fué. Ella se miró al espejo. El rimel se le había corrido dejando dos manchones negros por su rostro. Cogió papel e intento arreglarlo. Pero ¿quién arreglaba su corazón? ¿De verdad estaba dispuesta a dar este paso?

Picaron a la puerta.

-          Es la hora- dijo su padre.

Se le veía feliz. Pero no estaba contento. Sabía que su hija no estaba contenta. Como también sabía que aquel hombre que la esperaba al otro lado del pasillo no era la persona a la que su hija amaba. Ella se aferró del fuerte brazo de su padre sintiéndose, solo por unos segundos, segura de lo que iba a hacer.

Se abrieron las puertas. La música empezó a sonar. La gente volteó la cabeza hacía ella. Todos sonreía y tenían las cámaras preparadas para inmortalizar el momento. Él la esperaba al final del pasillo. Sonriente, feliz. Ella dio el primer paso mientras dejaba escapar un sonoro suspiro que no paso desapercibido por el padre.

Es lo correcto, no hay más, es lo único que puedo hacer. Es mi oportunidad para ser feliz. Se repetía una y otra vez. ¿Y porque sentía que estaba apunto de cometer el error más grande de su vida? ¿Por qué quería que nada de esto fuera real? ¿Por qué quería que esto no fuera más que una pesadilla?

Se cogió de la mano de su futuro esposo. Sus ojos verdes la observaban felices. Ella tuvo que reconocer que sus ojos eran bonitos pero no eran los que ella quería ver. Le sonrío con desconfianza a lo que el novio pensó que era una sonrisa llena de nerviosismo.

Miro de reojo la puerta del final esperando que se abriera mientras el cura iniciaba la ceremonia. Cada palabra la ponía nerviosa. ¿Por qué todo parecía ir tan rápido? Miró al novio, él también la miro. Se sentía a gusto con él y sabía hacerla reír pero no conseguía que la risa llegara a sus ojos. Tampoco la conocía realmente. Nunca sintió ese nerviosismo por volver a verle después de una tarde juntos. Ni sentía la necesidad de hablar con él a cada momento. Siempre cogía el móvil, tecleaba un número, pero no era del hombre aquí presente. Era un número que se sabía de memoria y al cual nunca se atrevía a llamar.


Tenía miedo al rechazo de esa llamada, a su rechazo. Que no quisiera saber nada de ella. O lo que es peor, que ya no supiera quién es, ni que fueron el uno para el otro. Escuchó un ruido a su espalda, se giró pero no le vio. Había sido un banco de la iglesia moviéndose. Su pulso se había acelerado. Y la respiración la sentía agitada.

Empezó a recordar cada momento que paso con él. Se le hacían tan reales, como si los estuviera sintiendo ahora mismo. Escuchaba su risa contra su rostro, las caricias en su brazo, su mirada cómplice, sus labios sobre los suyos... Se llevo la mano enguantada a la boca. ¿Qué estaba haciendo? Miró al novio, luego al cura y de nuevo al novio. Él la miró con el ceño fruncido.

-          ¿Estas bien? – le preguntó.

No, no estaba bien. No estaba bien ni ella ni lo que estaba apunto de hacer. Era preferible estar sola a vivir una mentira. Aquel hombre frente a ella no era él. No lo sería nunca por mucho que se obcecase en ello. Se agarró las faldas de su blanco vestido.

-          Lo siento – le dijo.

Y salió corriendo por el pasillo atravesando la puerta y saliendo a la plaza de la iglesia. Llovía, llovía con fuerza. Pero no le importó mojarse. Empezó a correr de nuevo, sin saber a donde iba. No le importaba a donde ir.

De pronto se paró y supo con certeza a donde quería ir. Cogió el primer taxi que le pasó por delante. Le dio la dirección. El hombre de cabello canoso lo miró extrañado. ¿Una novia a la fuga?

Ella miraba por la ventana nerviosa. Veía los árboles pasar, la lluvia no cesaba. Estaba empapada pero no le importaba. El vestido se le pegaba al cuerpo y se hacía algo molesto pero esto tampoco le importó. Quería volver allí, a donde comenzó todo. El taxista paró y ella le dio todo el dinero que llevaba escondido en el escote del vestido. Nunca iba sin nada encima.

El taxi se fue, dejándola sola en aquella carretera al amparo de la lluvia. Se echó para atrás unos cabellos que la molestaban a la vista. Se abrazó a si misma y sintió como sus lagrimas se confundían con las gotas de lluvia que caían por su rostro.

Pero de repente la lluvia paro de caer sobre de ella. Abrió los ojos sorprendida.

-          Te estas mojando – dijo él.

Ella lo miró. Tal y como recordaba. El pañuelo en la cabeza, la sonrisa torcida y una mano en el bolsillo. En la otra aguantaba el paraguas que los protegía de la lluvia. Y tal y como había supuesto en su carta se lanzó a sus brazos. Rodeó su cuello con sus brazos. El soltó el paraguas y la cogió por la cintura mientras escondía la cara en el cuello de la muchacha.


La lluvia los estaba mojando, pero no importaba. Sintieron que el tiempo se detenía y que nada más que ellos dos importaba. Él cogió su rostro con las manos mientas fijaban la mirada el uno en el otro.

Y con un movimiento lento ella se alzo sobre la punta de sus pies y acercó los labios a los de él, parándose a escasos segundos de sus labios. Vio la sonrisa torcida y supo que no volvería a huir. Ya no sentían miedo. Ya no se sentían inseguros. Se tenían el uno al otro y ya nada importaba.

Él recorrió el último tramo hacía los labios de ella. En el mismo momento que juntaron sus bocas dejaron de sentir la lluvia caer y un calor intenso y agradable los recorrió de pies a cabeza. Ni las dudas ni los miedos les volverían a separar. La lluvia era testigo. Lo había sido siempre. La lluvia había unido sus dos corazones, los hizo latir al unísono, les hizo ser uno, ahora y para siempre. 


17 marzo 2012

Capitulo 9 "Amar al destino"



Popularmente a las brujas se las asocia con ciertas imágenes. 
El típico sombrero negro, viejas y feas, con espantosas verrugas en la nariz, un gato negro de compañero, la infaltable escoba para volar, y un gran caldero humeante al fuego...
Pero no todas las historias sobre brujas las pintan tan horripilantes, algunas hablan de mujeres muy hermosas, con ojos seductores, y que tienen la capacidad mágica de transformarse en cualquier otra persona o animal, y con sus encantos logran sacar ventaja de otros y someterlos a su poder.
En la tradición Celta se relata que las brujas consideraban como sus mejores amigos a los gatos erizos, en especial los de color negro. La Bruja utilizaba a su gato, como su sirviente mensajero o secretario y también se decía que era alguna persona transformada por un conjuro, doblegando su voluntad.
Durante la Edad Media nace la falsa creencia de considerar al gato negro como de mal agüero, por pensar que cumplían mandatos de las brujas y esto dio lugar a que los fanáticos sacrificaran a miles de estas bellas e inocentes criaturas.




Hogar dulce hogar. Eso es lo que quería pensar. Tras varios días durmiendo en pequeños hoteles Max y yo encontramos un modesto pisito de dos habitaciones para convertirlo en nuestro hogar. No era muy grande pero comparado con la gran mansión en la que había vivido siempre esto me parecía una ratonera. Pero a pesar de eso me sentía satisfecha. Era un comienzo, y los comienzos no tienen porque ser perfectos. Tendría que ir poniendo una parte de mi misma en aquella casa y todo estaría genial. Entre en la cocina. Los armarios eran de color marrón y blanco, teníamos una pequeña mesa a la derecha, justo al lado de una modesta nevera blanca. A la izquierda había una serie de armarios junto a un horno un poco viejo pero que funcionaba. Tres fogones llenos de suciedad de un anterior inquilino que no era muy limpio. Me acerque a la encimera, cogí una taza de uno de los armarios y me serví un vaso de café bien cargado.

Era muy temprano por la mañana. Me acerqué a la ventana del comedor con la taza de café humeante entre mis manos. El sol se alzaba majestuoso tras los múltiples edificios dándonos el mensaje de que un nuevo día estaba empezando. Me senté en el sofá de color negro y encendí el televisor dejándolo a un volumen bajo para no despertar a Max. Las noticias eran las mismas de siempre, accidentes de trafico, asesinatos sin sentido, políticos corruptos, deportes de todo tipo.

Eran las 9 de la mañana cuando decidí ponerme en marcha y vestirme para buscar algún local a buen precio. Quería montar una tienda de objetos mágicos para ayudar a la gente. Había descubierto que si me concentraba podía mandar un poco de mi poder curativo en los objetos y si una persona los tocaba se curaba. Es decir, si cojo una pulsera y mando mi poder pensando que es para curar una lesión en la muñeca, si una persona se pone ese objeto teniendo ese tipo de lesión se curara como si nunca hubiese existido. Lamentablemente cada objeto era de un único uso. Por eso tenía que pensar en objetos que la gente pudiese utilizar para otras cosas más tarde. En realidad no sabia si el negocio que estaba apunto de iniciar daría buenos frutos pero merecía la pena intentarlo, sobretodo si podía ayudar a la gente.

Me puse unos vaqueros negros de pitillo y una camisa roja de manga corta. Me calcé unas manoletinas también de color rojo y me hice una coleta. Aun así el pelo se me veía largo, pues la coleta me llegaba a media espalda. Cogí mi bolso negro y revise que llevara todo lo imprescindible y salí de casa. No quería esperar a que el ascensor llegara hasta la décima planta donde se encontraba mi piso y baje tranquilamente por las escaleras.  Las calles ya estaban repletas de gente con prisas por ir a sus puestos de trabajo. Las inmobiliarias todavía estaban cerradas así que me puse a pasear admirando la que sería la ciudad donde viviría por tiempo indefinido.

Pase por un parque donde unas madres hablaban sobre sus casas mientras sus niños, en los carritos, se peleaban por quitarse sus chucherias. Me senté en un banco. Tan temprano y ya hacía una calor insoportable. Tenía que haberme puesto una falda en vez de unos pantalones largos. Mi atención se fue hacía un gato de pelaje perlado y mirada rojiza. Corría de un lado a otro perseguido por un perro grande como un caballo. El dueño del perro corría tras de él gritándole para que se quedase quieto. El gatito se metió dentro de un agujero y el perro se quedo fuera ladrándole. Al final el dueño consiguió coger al perro, le puso una correa y se marcho de allí gritándole al perro que esa noche se quedaría sin cena.

Me acerqué a donde el gato estaba escondido. Me agaché para mirar dentro del agujero y vi una mirada atemorizada, como si fuera de una persona.

-          Sal gatito, ya ha pasado el peligro – dije con voz tranquilizadora.

El gato salió de su escondrijo con pasos tranquilos. Le acaricié la cabecita. Era suave. Lo cogí en brazos y entonces me di cuenta que era una gatita.

-          Vaya, ¿qué estas sola? – la gatita me miró con ojos más tristes aun y se puso a jugar con la piedrecilla que llevaba de colgante, la que me regalo mi abuela - ¿Te gustaría venirte conmigo?
La gatita maulló como respuesta y luego se fregó contra mi pecho. Si hubiera sido una persona me hubiera dado en que pensar pero siendo un gatito me enternecí.

-          Pues lo primero será buscarte un nombre – dije mientras inicia el camino hacia el banco donde esta sentada antes – A ver, ¿qué nombre le pongo a una gatita tan linda como tu? – me puse a pensar mientras la mañana iba pasando sin que yo hiciera nada de lo que tenía que hacer – Mmm, que mala soy yo para esto de los nombres – y reí para mi misma – Bueno – dije poniéndome de pie – mientras pienso, ¿qué te parece si te vamos a comprar alguna cosilla para ti? – la gata maulló encantada, o eso me pareció a mi.

Me paseé por las calles en busca de alguna tienda de animales. Al fin, unos cuantos minutos más tarde me encontré con una. Entre y eché un vistazo. Lo que haría falta es comida, una camita, una cosa de esas para afilarse las uñas, la caja de arena... y creo que ya esta. Le fui acercando todo eso al chico al mostrador. Iría bastante cargado con todo ello. Ojalá que alguien me ayudase a llevarlo a casa, pero no veía muy animado para hacerlo al chico. Metimos todo en la bolsas como pudimos mientras Tyara, así es como me decidí por llamar a mi gatita, se fregaba contra mis piernas. Cargada como iba, al salir de la tienda me choqué con un hombre.

Me quede paralizada al ver su mirada. Eran verdes, brillantes, como la de aquel hombre que me salvo de Tomas y que nos estuvo siguiendo durante un rato cuando Max y yo llegamos a la ciudad. El hombre me ayudó a recoger lo que se había caído al suelo. Tenía el pelo oscuro y algo largo. Me sonrió y mi corazón dio un brinco.

-          Lo siento, debí fijarme al salir – dije mientras me ponía roja – Gracias por ayudarme a recogerlo – escuché como Tyara se crispaba, estaba claro que no le gustaba el hombre.

-          No pasa nada, siempre es un gusto chocarse con una chica tan hermosa – su voz era suave e incitadora, me atrapó - ¿Hacía donde vas? Porque si quieres te llevo alguna bolsa durante un rato.

-          A.., a tres calles más abajo – dije mirándolo ensimismada, era tan guapo y se le veía tan fuerte - ¿De verdad que no te importa?

-          Para nada. ¿Por qué me iba a molestar ayudar a una damisela tan bonita? – creo que me estaba poniendo roja como un tomate, Tyara volvió a crisparse mientras nos seguía – Parece que no le gusto a tu gato.

-          Gata – le corregí- La he encontrado hoy, por eso llevo tantas cosas.

-          Vaya, pues tiene suerte si se va a vivir contigo – dijo volviéndome a sonreír. Sus sonrisa era blanca como la leche y totalmente hipnotizante – Por cierto, ¿cómo te llamas?

-          Holly, no llevo mucho tiempo viviendo por aquí, ¿y tu?

De repente le sonó el móvil y nos paramos. Dejo una de las bolsas en el suelo y atendió a la llamada.

-          ¿Si? Claro.., ¿de veras? Pobre, tampoco era para que le hiciera algo así... Sí.. Enseguida voy – colgó y volvió su atención en mi – Encanto, lo siento de veras, me gustaría acompañarte pero tengo algo urgente que hacer.

-          No pasa nada – me quedaba solo una calle hasta llegar a mi casa, no creo que me fuera a dar algo – Muchas gracias.

-          Gracias a ti por compartir tu tiempo conmigo encanto – y me beso en la mejilla disparándose todas las alarmas en mi cabeza. Se acercó a mi oído y dijo – Me llamo Matt.

Luego se fue dejando tras de si un aura atrayente. Mis pies quisieron seguirle pero mi mente me previno y no dejó dar ninguna orden de movimiento. Me quedé inquieta mirándole como se marchaba. Me di la vuelta y mire a Tyara que se había quedado quieta con la mirada fija en mí.

-          ¿Qué pasa? Era guapo, tampoco era para que te mostraras tan arisca con él – le dije – Vamos, vayamos a casa – y cogí todas las bolsas como pude.





Me desperté cuando el sol me dio en la cara y no tuve más remedio que despertarme. Salí de mi habitación y al escuchar tanto silencio me di cuenta de que Holly ya no estaba. Seguramente habrá ido a mirar algún que otro local. Me fui a la cocina y me serví una taza de café, le puse unos hielos y me senté en el sofá mientras veía la televisión. Que asco, todo programas del corazón. ¿Es que no saben hacer otra cosa? Fui cambiando de canal hasta que me canse de no encontrar nada interesante para ver mientras esperaba que llegara Holly.

Me asomé a la ventana intentando buscar algo de frescor. Era un día muy caluroso. No tardaron mucho en llegar los pensamientos de la gente a mi cabeza. “Estoy deseando que llegue el invierno, este calor es insoportable. ¿Qué hace ese crío? Se va a matar con ese monopatín” pensaba un hombre con traje y corbata. “Porque no le habré dicho que le quería, a lo mejor aun estaría conmigo y no me sentiría tan sola” pensaba una chica de cabello rubio. “Dios, como pesan estas bolsas” reconocí la voz “Si, tu mírame Tyara, ya podías hacerte persona y ayudarme” Holly se rió interiormente “el calor me esta volviendo loca”. Vi en su mente que estaba cargada de bolsas y que caminaba junto a una gatita.

Me fui  vestir rápidamente y bajé a ayudarla. En cuanto me vió dejó salir un suspiro retenido y me sonrió.

-          Menos mal – me endiño una par de bolsas – Ayúdame a subir esto.

-          ¿Todo esto es para la gata? – dije impresionado.

-          Sí, es nuestra nueva inquilina. Max, te presento a Tyara, Tyara él es mi hermanito, vive conmigo – le explicó cariñosamente a la gata.

Se la veía feliz con la gata. Miré a la gatita y ella me miró a mi. “No he podido evitarlo Max, tenía que estar cerca de ella” Escuché eso cuando estábamos subiendo las escaleras para entrar al rellano que daba al ascensor. “¿Jane?” pensé mientras me apoyaba en una pared esperando al ascensor. Holly silbaba distraída, se notaba que estaba feliz. “Sí, soy yo. Creo que Holly no se ha dado cuenta, es nueva con esto de las auras y si.. ya sabes, no creo que note que soy yo”. “¿Pero de verdad que te has convertido en gato? ¿Y que pasa con tu hermano?” No entendía nada. “No me he convertido en gato. He creado como un animal como un escucha con parte de mi poder. Así estaré segura de que Holly esta bien”. “Veo que no te fías de mi Jane” me sentía ofendido. Si que había acompañado a Holly porque quería, pero también era para que estuviera segura. “Sé que contigo iba a estar bien, pero tampoco va a estar contigo todo el día”. “Entiendo”. Subimos al ascensor.

-          ¿Has encontrado algo? – le pregunté a Holly.

-          No, me encontré con esta ricura – dijo mientras se agachaba y le acariciaba la cara – y se me fue de la cabeza completamente. Supongo que mañana me pondré a buscar.

Jane o Tyara, no se como llamarla ahora, se restregó por los pies de Holly. Entramos en casa y Holly en seguida se puso a colocar las cosas en su sitio mientras Jane la seguía a todas partes. Me senté en el sofá y me puse a recordar el día que Holly descubrió que podía leer las mentes de las personas. Me acuerdo que aquel día estaba resfriado y yo no pensaba con mucha claridad. Estábamos en el internado y Holly vino a mi habitación para ver como estaba. Yo estaba con los ojos cerrados y ella se pensó que estaba dormido. A eso que se pregunto para si misma si estaría bien que me despertara para llevarme a cenar algo y yo le contesté. Se quedó sorprendida en un primer momento, no entendía como podía haber contestado a algo que ella no había preguntado en voz alta. Entonces, aun estando resfriado, le explique todo.

 Desde niño había sido capaz de saber lo que la gente pensaba y a veces contestaba a cosas que la gente no había dicho en voz alta. Ese era uno de los motivos por los que mi madre no me soportaba, porque sabía en todo momento lo que ella estaba pensando y para mi disgusto no eran cosas agradables. Con el tiempo aprendí a no meterme en las mentes, a hacerlo cuando yo quisiera, y así tener algún momento de silencio.

Me acuerdo que Holly estuvo varios días sin hablarme preocupada por cuantas cosas sabía de ella. Así que no tuve más remedio que explicarle que sabía todo sobre lo de su lobo. De los dos encuentros que había tenido con él. Le dije que no se lo diría a nadie. Me sorprendí mucho cuando vi en persona al lobo. Pues...

-          ¡Max! Ven un momento corre – me gritó Holly desde la cocina - ¡Qué ha pasa aquí!

-          ¿Qué pasa? – dije.

Entonces me di cuenta. Alguien había pintado en rojo en la pared blanca de nuestra cocina una frase “EL TIEMPO HA FINALIZADO, LA BATALLA HA VUELTO A COMENZAR”  Miré a Jane, ella me miró a mi. Ya nada se le podía hacer.

05 marzo 2012

Capitulo 7 "Amar al destino"


Las pesadillas nos han fascinado durante siglos porque son aterradoras, primitivas y disímiles de la experiencia de la vigilia. A menudo nos resultan extrañas, pero también obviamente nuestras, como si hubiéramos alumbrado un monstruo. Como son tan intensas y “diferentes”, comprender las pesadillas, y cuando y por qué ocurren, puede enseñarnos mucho de la mente humana. Las pesadillas son como una fisura en la tierra, un desfiladero que nos permite examinar los estratos o capas que quedan expuestos.






Muchísimos años atrás

La mañana era clara y tranquila. Los pájaros volaban en parejas buscando pequeña ramitas para hacer los nidos donde pronto nacerían pequeños pajaritos y los días se volverían más alegres con sus cantos. Un niño de pelo oscuro correteaba por un gran campo de maíz detrás de un pequeño animal.

-          Hijo, deja a tu hermano tranquilo – gritaron desde una casita pequeña y modesta a lo alto de la colina.

-          Solo estamos jugando mama – le contesto el niño con una sonrisa reluciente y con las mejillas sonrosadas de tanto correr.

Un poco más tarde, la mujer llamo a sus dos hijos a comer. El pequeño que antes correteaba se sentó a la mesa y empezó a comerse su chuletón con gran entusiasmo. Le encantaba los chuletones que cocinaba su madre, sin ningún condimento especial, fritos a la parrilla en su propio jugo. El pequeño animal, que antes era perseguido, era un pequeño lobo.

-          Toma hijo – dijo la mujer dejándole un plato en el suelo – Espero que pronto domines la transformación y así podamos comer todos en la mesa como una familia – añadió mientras le rascaba detrás de una oreja.

El lobito la miro con una sonrisa lobuna, con la lengua a un lado dándole un aspecto gracioso. Sus ojos color esmeralda brillaban felices. Le dio un mordisco al chuletón troceado de su plato. A él también le gustaría poder dominar pronto la transformación. Así su hermano pequeño dejaría de jugar con él como si fuera un animal de compañía.

La puerta se abrió y entro un hombre alto de anchos hombros y de gran musculatura. Sonreía satisfecho. Hoy había sido un gran día de caza y traía suficiente reservas para su familia para que comieran durante un mes. Le dio un cariñoso beso en los labios a su esposa y se sentó a la mesa junto a su hijo pequeño.

-          ¿Has jugado mucho hoy? – le preguntó con una gran sonrisa en el rostro.

-          Sí, Jer y yo hemos jugado toda la mañana, ¿a que sí Jer?

El pequeño lobo alzo la mirada y puso los ojos en blanco. Su padre rió ruidosamente. Estaba encantado con la familia que tenía. Su mujer era la más bella y encantadora del condado y le había dado unos hijos de los que había que estar orgulloso.  Y por el contrario que la demás gente de su condado estaba contento con que su hijo pequeño fuera un humano normal. Bueno, era de esperar teniendo una madre humana. Fuera de todas las tradiciones él se había enamorado de una humana. Como licántropo y jefe de la manada tenía que haberse casado con la loba más sana y capacitada para darle buenos cachorros o hijos, pero tras ver su querida Wendolyn podrían haber puesto a la loba que estuviera más en celo y no la había hecho ni caso. Por otro lado estaba tranquilo, pues su hijo mayor era como él. Aunque le preocupaba de cierta manera que todavía no dominase la transformación.

Wendolyn se sentó a la mesa al lado derecho de su esposo mientras le servia su plato de comida. Le encantaba tener a toda su familia a su alrededor. Sus dos hijos eran maravillosos. El mayor Jeremy era la viva imagen de su padre aunque ahora no se pudiese apreciar. Era un niño encantador con el pelo castaño tirando a rojizo, eso es lo único que como licántropo se veía, además de unos ojos verdes brillantes, pero eso también lo había heredado el pequeño. Aunque este tenía el pelo tan oscuro como ella. Lo mejor que le había pasado en la vida había sido enamorarse de John y tener junto a él la familia que tanto había ansiado. 

La familia entera disfrutó de la comida. El padre, cuando terminó de comer, se sentó en su butaca y cerro los ojos. Se sentía cansado. La mujer se dispuso a lavar los platos y salió a fuera para buscar un cubo de agua. El pequeño se sentó en el suelo y se puso a jugar con un muñequito de madera. El lobo se estiró a los pies del padre. De repente afuera se escuchó un ruido. El padre se pusó en guardia ipsofacto y salió a fuera. Era demasiado tarde, su mujer se encontraba en el suelo desangrándose en manos de un asqueroso chupasangre.

-          Jer, protege a tu hermano. Cuando te avise sal por la puerta de atrás y corred hacia al bosque. Esconderos donde podáis, pero que sea bien lejos – dijo su padre con dientes apretados sin dejar de mirar al cuerpo ya sin vida de su mujer.

Jeremy mordió la camiseta sucia de barro de su hermano y tiró de él hacía la puerta de atrás, esperando a la señal de su padre. De afuera se escuchaban los gruñidos guturales de su padre mientras luchaba.

<Papa, yo también puedo luchar, quiero ayudarte>

<No, tu protege a tu hermano, no me desobedezcas. No estas suficientemente entrenado para luchar contra estos... seres>

Esperó varios minutos. Su padre no le daba ninguna señal y afuera se dejó de escuchar cualquier tipo de ruido, hasta los pájaros habían dejado de cantar. El pequeño estaba asustado y se agarraba fuerte a la pelambrera del lobo. Jer se cansó de esperar y desobedeciendo las órdenes de su padre se acercó a la puerta principal con su hermano pisándole la cola y echó un vistazo. De su pecho se escuchó un rugido cuando vió a su madre en el suelo. Escudriño con la mirada pero no había rastro de su padre.

-          ¡Mama! – dijo el pequeño que salió a la carrera hacía el cuerpo de su madre - ¿Qué te pasa? ¡Mami!

Jer se quedó paralizado al comprender que su madre ya nunca volvería a abrazarlo o a leerle cuentos a él y a su hermano Matt. Sus ojos no parecían ver nada, estaban vacíos. Pero su mente buscaba la de su padre, lo necesitaba. Pero solo escuchó el silencio.

-          ¡Aaaah! – gritó el pequeño cuando alguien lo cogió bruscamente. 

-          Ahora eres mío – dijo el hombre de piel pálida y ojos oscuros como la noche.

Jer miraba la escena pero se sentía incapaz de moverse. Tenía que proteger a su hermano, pero no sabía nada de la lucha contra vampiros. Su atención se vio robada cuando se escuchó como cuerpo duro y pesado caía frente a él.

-          Allen, este ya esta liquidado – dijo la voz de otro vampiro – Ha dado mucha guerra pero nada que no hayamos podido solucionar – y rió con maldad.

-          Bien, yo ya tengo el pequeño. Encargaos de encontrar al otro y matadlo – y acto seguido desapareció a gran velocidad entre la espesor del bosque.

Jer, cobarde y asustado, se escondió debajo del cuerpo muerto de su padre rezando a todo dios que no descubrieran su olor bajo el de su padre. Y esperando que la muerte de su hermano no fuera dolorosa. Pasaron horas y los vampiros tras no encontrar nada se fueron pensando que un niño tan pequeño no sobrevivía una noche solo. No lo habían matado ellos, pero la noche ya se encargaría de ello. Jer muerto de miedo no salió de su escondite hasta que la noche dio paso a la luz.

Había sido un cobarde, el más cobarde del mundo. Su padre había dicho que protegiera a su hermano y no lo había hecho. Y ahora se había quedado solo.

-          ¡Pero qué ha pasado aquí! – rugió un hombre mientras corría hacía donde Jer estaba junto a los cuerpos sin vida de sus amados padres.

El pobre lobo avergonzado se hizo un ovillo y gimoteó. El hombre, Mikael, cogió entre sus brazos al lobo.

-          No te preocupes Jer – dijo con voz serena – Esto era inevitable, estaba escrito y ellos lo sabían aunque querían ignorarlo. Yo me ocuparé de ti pequeño. Eres importante para todos, para la manada, eres la llave – dejó escapar un suspiro con tristeza – Pero ahora tenemos que dar paz a tus padres, hay que enterrarlos.

Aquel día, en lo alto de una colina, tres tumbas quedarían para siempre. Una vacía. Jer al lado de Mikael, observo las tumbas con tristeza. Se prometió que nunca más dejaría que alguien querido fuera victima de tal muerte. No lo permitiría, daría su vida a cambio si fuese necesario. 

02 marzo 2012

Capitulo 6 "Amar al destino"


La oscuridad es la ausencia de luz. Científicamente, es posible alcanzar una cantidad reducida de luz. La respuesta emocional a la ausencia de luz ha inspirado diversas metáforas en literatura, en simbolismo y en las artes.

















No lo entiendo. ¡Pero si es una niña! Miré entre los árboles la gran casa iluminada, llena a rebosar de gente. Cerré los ojos e intenté calmarme. Me había puesto nervioso cuando ella me miró y no tuve más remedio que salir de allí. Volví a mirar. Ella estaba en una pequeña terraza con los ojos cerrados, el pelo era acariciado por la suave brisa y su vestido, tan puro como su corazón, se ceñía a sus pequeñas curvas. Un chico, alto, moreno y de movimientos vacilones se le acercó. Le tiró de un mechón haciendo que ella hiciera una mueca de fastidio. Afiné el oído.

-          Estas muy guapa Holly – soltó el chico con una voz que no había terminado de madurar.

-          ¿Qué quieres Tomas? – el fastidio se notó en su voz.

Él le acarició la mejilla, ella se apartó.

-          Venga, no te hagas la dura, al fin y al cabo no somos hermanos – intentó ser persuasivo pero se notaba que no tenía mucha practica, pobre chaval.

-          No me toques – su voz sonó amenazante, el rió – No quiero tenerte cerca Tomas, ¿no lo entiendes?

-          Eso es solo una reacción ante lo desconocido hermanita – se acerco más a ella arrinconándola contra la barandilla – La verdad es que te atraigo, por eso huyes, porque tienes miedo – se apoyó en la barandilla impidiéndole cualquier tipo de escapatoria a la pobre muchacha.

¿Debería intervenir? ¡Pero porque narices me lo pregunto! Ella no me conoce, soy un desconocido. ¡Que me importa que le pase! Seguro que es una niñita pija, mimada y consentida. Alguien como yo no tendría que acercase a alguien como ella. No éramos de la misma clase, y para empezar tampoco teníamos ni la misma edad.  Vi como el chico se le acercó para besarla, ella cerraba los ojos con fuerza. Sentí como la sangre hervía en mi piel. ¿Pero que coño...?





-          Apártate Tomas, por favor – no quería, no quería besarle.

Me repugnaba la misma idea de tener cualquier tipo de contacto con él. ¿Por qué nadie venia en mi ayuda? Noté la respiración cada vez más cerca de mi malvado hermanastro. No quería, mi primer beso no quería que fuera con él. Cerré los ojos y supliqué en mi interior por que alguien se apiadara de mi y me ayudase.

-          Me parece que la señorita no esta de acuerdo contigo, será mejor que te apartes de ella chaval – abrí los ojos, los cuales se dilataron al ver a aquel hombre de nuevo.

Su mirada era mortal mientras miraba a Tomas, su mano apoyada en su hombro parecía poder rompérselo en cualquier momento. Tomas, acobardado, se apartó.

-          ¡Y quien narices eres para decirme lo que debo o no hacer! – le espetó.

-          El que te partirá en dos si no tratas a las chicas como se merecen – dio un paso en dirección a Tomas amenazante, este retrocedió dos – vete antes de que me arrepienta y no te de la lección que te mereces.

Tomas salió por patas y no miró atrás. Miré al hombre asombrada. Se me había quedado la boca seca. ¡Era guapísimo! Antes no me había dado cuenta pero la camisa marcaba sus fuertes músculos, su mirada, verde como la esmeralda, brillaba más en la oscuridad que cuando le daba la luz, su pelo castaño tirando a rojizo estaba peinado descuidadamente dándole un aspecto desfrenado y atractivo. Se giró para mirarme.

-          ¿Estás bien? – su mirada me hipnotizo.

-          Si..., si, estoy bien – tragué saliva, me había puesto nerviosa – Gracias.

-          Deberías ir con cuidado, a las chicas hermosas les pasa eso muy a menudo, deberías llevar algo para defenderte – dijo mientras se rascaba la nuca con descuido.

-          Lo..., lo tendré en cuenta, gracias – no podía moverme de aquel lugar, no quería dejar de mirarle - ¿Has venido a la fiesta?

-          Podría decirse que sí, pero ya estaba apunto de irme – miró a los ventanales donde la gente no paraba de chismorrear y beber.

-          ¿Y porque..., porque no te quedas un poco más? – sonreí nerviosamente.

Se levantó un brisa que amenazo con levantarme la falda del vestido, rápidamente puse mis manos en ella para evitar quedar en ridículo. Cuando alcé la vista aquel hombre había vuelto a desaparecer. Miré a mi alrededor, pero no había ningún signo de que él hubiera estado allí en algún momento. Me apoyé en la barandilla con los codos y acomodando mi cabeza entre mis manos. Un suspiro involuntario salió de mis labios. Cerré los ojos y la imagen de aquel hombre seguía gravada en mi mente. Él estaba serio, con la mirada como si me estuviera mirando e interiormente, en secreto, deseé poder volver a verlo algún día otra vez.

Me desperecé y decidí entrar en la bulliciosa sala. La gente seguía hablando y comiendo, como antes, sin prestar atención a la persona por la que se celebraba aquella fiesta. A lo lejos vi a mi tía apoyada en el cabezal de una butaca donde descansaba mi abuela. No sabía porque, pero de repente se la veía más mayor. Como si el cansancio de tantos años se hubiera echo presente en aquel mismo instante. Mi abuela dio un sorbo al vaso lleno de agua que tenía en una de sus manos. Nuestras miradas se cruzaron. Durante unos segundos se mantuvieron fijas una en la otra. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal en el mismo momento que el vaso de mi abuela caía en el suelo, rompiendo en mil pedazos y su cabeza se ladeo cerrando los ojos.

-          ¡Abuela! – grité centrando en mi cientos de pares de ojos.

Mi tía me miro como corría hacía su dirección y luego miro a mi abuela. Me arrodille a sus pies y cogí su mano tibia.

-          Abuela, ¿estás bien? – las lagrimas no salían pero tenía ganas de llorar.

-          ¡Que alguien llame a una ambulancia! – dijo alarmada mi tía, aunque ella sabía, al igual que yo, que ya nada se podía hacer.

La gente no tardó en irse a casa o a sus habitaciones, apenas llegó la ambulancia. Aquel día se llevaron a mi abuela tapada en una de esas mantas que guardan el calor. Aunque ya no servía de nada. Mi abuela había fallecido, iniciando algo que muchos de los que estábamos presentes mirando la escena quizá desconocíamos.

Aquel día fue la última vez que recibí un abrazo por parte de mi padre. Mi tía, más tranquila de lo que era de esperar, se mantuvo a mi lado cada segundo con mirada fija en los ojos carmesíes de Rosemary, la cual también la mirada. Parecían mantener una conversación nada agradable entre ellas. Al mismo tiempo ambas salieron de la sala. No sabía si para poner palabras a aquella conversación silenciosa o hacer cualquier cosa. La mano de Blair tenía cogida la mía, transmitiéndome sus condolencias y sus fuerzas, sus ganas de que yo me mantuviera firme. Sentí que siempre estaría a mi lado, apoyándome en todo. Como si de una hermana se tratarse. Tomas no estaba, pero fue mejor así. Si hubiera estado presente me hubiera estropeado el momento de tranquilidad tras el susto que estaba teniendo. Max estaba en una de las sillas de la sala observándonos a todos con mirada sería. Demasiado sería. En un momento sentí que me miraba, gire la cabeza para verle y en mi cabeza escuche su voz “Lo siento”, pero supuse que serían imaginaciones mías.

Aquella noche me prometí a mi misma que nunca más, nadie cercano y querido por mí, iba a tener el mismo final que mi abuela y mi madre. No lo permitiría. Lucharía contra la misma muerte si hiciera falta, incluso si la batalla se celebraba en el infierno, no me ganarían.


La casa yacía en silencio. La gente ya dormía en sus mullidas camas salvo una mujer. Vestida con un camisón negro salió al balcón de su habitación. La noche era oscura igual que su corazón.

-          Una nueva historia da su comienzo esta misma noche. Una nueva lucha dará comienzo cuando todas las almas maduren. Hoy se perdió un alma por esta lucha no empezada, pero muchas más caerán y sucumbirán a los pies de la nueva reina, la nueva madre. Sucumbirán ante mi, ante mi poder – alzó su brazo desnudo a la noche y un pájaro negro se posó en el en silencio – Esta vez tendré lo que una vez tubo que ser mío.

Acarició el plumaje del pájaro. Y tú querido amigo gracias por estar aquí. Porque hoy también había perdido una batalla importante, una que creía ganada. A partir de ahora tenía que idear un nuevo plan, para encontrar lo que la llevaría al trono del poder. 




En otra habitación otra mujer todavía seguía despierta mientras descansaba en una mullida cama. La cual a partir de ese día sería más familiar que nunca. No sabía si había echo lo correcto, pero en cambio no se arrepintió. Algunas veces hay que sacrificarse por el bien de otra persona.

-          Cielo, porque no te duermes ya, hoy ha sido un día muy largo – dijo el hombre que dormía a su lado, su compañero a partir de ahora.

-          Sí..., eso mismo iba a hacer – y acto seguido se recostó en la cama apoyando la cabeza en la almohada. Cerró los ojos mientras una lágrima caía por su mejilla.

 Sentía que quizás estaba traicionando a la persona que más había querido en el mundo, pero sabía que ella la perdonaría. Pues también lo hacía por la persona que más les importaba. Entonces la vio en sus sueños, sonriente y feliz, y su nueva vida comenzó con el alma llena de paz y de fuerza.




Estaba apunto de amanecer cuando le di un sorbo a mi sexta copa. A pesar de haber bebido demasiado no me sentía ebrio. ¿Es que nadie en esta puta ciudad tiene una bebida lo suficientemente fuerte para emborracharme?

Después de haber desaparecido tan rápido como me fue posible de la presencia de aquella niña que tanto me atraía me fui a un hostal medio destartalado que estaba en la carretera. Estaba cansado y quise dormirme. Tras dar varias vueltas en la cama lo conseguí, pero el sueño resulto ser más perturbador que la realidad. Vi a aquella niña en mis sueños, pero ya no era una niña, se había hecho toda una mujer. Las curvas de su cuerpo estaban bien desarrolladas y lucía una sonrisa seductora con un hoyuelo en la mejilla. Su mirada violeta esta fija en mi y me estaba invitando a que me acercara a ella. Estaba totalmente seguro que quería que la hiciera mía. Su cuerpo tiraba del mío. Quise acercarme a ella, pero cuando me decidí fue atacada y yo no pude hacer nada, mi cuerpo estaba paralizado. Sombras a mi alrededor se movían demasiado rápido para mi vista, y resulto jodidamente fastidioso, pues yo siempre había alardeado de una buena vista al igual que de unos buenos reflejos. La impotencia y la rabia se hicieron dueñas de mi cuerpo y cuando pude moverme y acercarme al cuerpo ya sin vida de aquella muchacha no la vi. La pesadilla se había convertido en un recuerdo doloroso que creía ya olvidado y cerrado bajo llave en un recóndito oscuro de mi mente.

El sudor bañaba mi cuerpo cuando desperté de golpe con un grito ahogado. Me lleve las manos a la cabeza totalmente cabreado conmigo mismo. Un hombre no debería tener tanto miedo a un recuerdo. 

29 febrero 2012

Capitulo 5 "Amar al destino"


Akelarre fue el nombre que se le dio a las reuniones nocturnas en las que las mujeres consideradas brujas se reunían. También se las conoce como Sabbath (pero no hay que confundir a éste con el día de descanso según los judíos, que también es el sabbath). La palabra akelarre procede del euskera, de la unión de aker+larre, que literalmente se traduciría como "prado del cabrón" o del macho cabrío.
Se acusaba a las mujeres de usar estas reuniones como provocación, de invocar en ellas al diablo (el macho cabrío) para pactar con él, de llevar a cabo toda suerte de orgías en las que participa también el demonio, de hacer sacrificios o ritos malignos que causaban mal al pueblo... Aunque realmente, a estas reuniones no acudían extraños, con lo que esto no son sino elucubraciones e hipótesis hechas muchas veces desde el miedo o el rechazo. Probablemente el que una serie de mujeres se reuniesen por su cuenta no resultaba normal en la época y daba pie a rumores infundados, más aún si la reunión era por la noche, pero no hay pruebas de que realmente se realizaran esos sacrificios. Sí se sabe que se reunían, que bailaban desnudas bajo la luna, que preparaban infusiones con hierbas que ellas mismas solían recoger... poco para los castigos que sufrieron muchas de ellas después. También es posible que algunas de las cosas con los que se asociaron los akelarres sucedieran de algún modo provocadas por las propias supersticiones de la época, que conseguían que las mujeres llegaran a autosugestionarse hasta el punto de tener alucinaciones que luego relatarían (en las que sí que podría aparecer una imagen que les recordara al demonio).

Aun no habíamos bajado por las escaleras cuando Blair se paró en seco. Se llevo las manos a la cabeza.

-          Espérame aquí, enseguida vuelvo – no me dejo decir nada, no había terminado la frase cuando ya se estaba yendo.

Desde abajo llegaban las voces de la gente que había venido a mi fiesta. Me había levantado con muchas ganas, llevaba esperando este día desde que era pequeña, pero ahora se me antojaba agobiante. Mucha gente y muy poca era conocida. Gente que en realidad ni me conocía y ni ganas tenía. Tenía el consuelo que al menos las personas que más quería iban a estar presentes, aunque fueran pocas.

-          Ya estoy aquí ¡Casi se me olvidaba! – en la mano llevaba un frasquito pequeño trasparente con un liquido amarillento – Tienes que bebértelo antes de bajar – me sonrío satisfecha.

-          ¿Eso es lo que estabas preparando esta tarde? – no tenía muy buena pinta, la verdad.

-          Sí y ya lo sé, el color no incita a bebértelo, pero me has dicho que me harías caso ¿recuerdas? – alzó una ceja.

-          Si – dijo apesadumbrada.

No tenía más remedio que cumplir con mi palabra. Cogí el frasquito y le eche un vistazo. Al menos si esto me mata no tendré que soportar al imbécil de Tomas nunca más. Lo destapé, me tapé la nariz y me lo tragué de una sola vez. Para mi sorpresa no sabía nada mal. Es más, creo que sabía a melón. Blair se rió ante mi expresión, me cogió del brazo y bajamos.

No conocía a nadie. No veía por ningún lado a Rosemary ni a mi padre. La gente se me iba acercando y me iba saludando. Me dijeron tantos nombres que al tercero ya deje de intentar recordarlos. Blair no se separaba de mí ni un ápice. Se lo agradecí con toda mi alma, aunque ella no lo supiera me estaba haciendo un gran favor.

-          Hermanita, estas... – me miró de arriba abajo. Por favor, que no diga que estoy mona, será la numero cien desde que he bajado por las escaleras – encantadora – había aguantado el aire y fue escuchar eso y dejarlo escapar de golpe. Max siempre me tranquilizaba con sus palabras, era como si supiese lo que quería oír en cada momento - ¿Cómo llevas la noche de tu cumpleaños?

Error. Esa no era la pregunta correcta. Esto no parecía un cumpleaños, más bien era una reunión del asilo. ¿Cómo conocía la intrusa a tanta gente mayor? Seguro que los había invitado solo para sentirse más joven. La semana pasada se encontró una arruga en la cara y se paso tres días encerrada en su dormitorio pringándose la cara de crema.

-          No te preocupes hermanita, si esto resulta ser tan aburrido como parece serlo nos vamos los tres al bosque – se acercó a mi oído – Se donde guarda el viejo Henry su botella de brandy – yo me reí por lo bajo.

-          Max, la noche solo a comenzado – comenzó a decir Blair – A Holly le esperan muchas sorpresas y te aseguro que no se va a aburrir.

Acto seguido me arrastró hacía un lugar donde había menos gente. La verdad es que Blair no le tenía mucha simpatía a Max. Según ella siendo el hijo de tal persona no debe ser tal como aparenta. Pero la verdad es que Max siempre ha sido amable conmigo y se ha mostrado muy generoso. Cuando todo cambió en mi vida el estuvo allí para darme un mano y poder andar a su lado para seguir adelante.

-          Tu tía y tu abuela están por venir – dijo Blair mientras tenía fija la mirada en la puerta de la entrada.

-          ¿Cómo lo...? – no pude terminar la frase, la puerta se abrió.

Allí estaban. Mi verdadera familia, por la que nunca había sentido rechazo. Los pies se me movieron solos. En dos segundos estaba en los cálidos brazos de mi tía.

-          Felicidades cariño – me dijo mientras me apretaba más fuerte hacía su cuerpo – Tu madre estaría orgullosa de la bella mujercita en la que te estas convirtiendo. Pero... – me miró de arriba abajo - ¿de quien ha sido la idea de este vestido? – y puso una cara de burla.

-          De la... de Rosemary – me mordí el labio inferior avergonzada.

-          ¡Bah! – espetó de golpe mi abuela – Esa chica nunca entendió nada – me miró y me sonrió - ¿No le vas a dar un beso enorme a tu abuela? – y extendió los brazos hacía mi.

Al abrazar a mi abuela sentí como una pieza dentro de mí empezaba a encajar, o más bien, como si me dieran la pieza que me faltaba. El contacto de aquel beso en su mejilla arrugada hizo que mi vello se erizada a notar una corriente por todo mi cuerpo. El contacto de una mano sobre mi hombro me saco de mi sorpresa.

-          Holly, deja respirar a tu abuela – era Rosemary – Me alegro de que hayáis podido venir. Holly estaba ansiosa por veros – sonrío forzadamente – Pero claro, hoy es un día importante, no me extraña que este nerviosa, ¿no Jane?

-          Por supuesto Rosy – Rose hizo una mueca de fastidio al escuchar su nombre – Estamos muy contentas de estar aquí hoy. Al fin y al cabo hoy no solo es un día importante para ella.

-          ¡Hermana! – grito mi padre haciéndose paso entre la gente – Me alegro tanto de que estés aquí – mi tía le mató con la mirada, al parecer, ella tampoco le había perdonado nada de lo sucedido tras su marcha – Por favor, instalaros en las habitaciones y uniros a todos.

Rosemary y mi padre se fueron a hablar con unos amigos y mi tía, mi abuela, Blair y yo fuimos arriba. Era un alivio librarse de tanto agobio. Mucha gente se quedaba esta noche a dormir en casa por lo que a mi tía y a mi abuela les toco dormir en una misma habitación con camas separadas.

-          Blair, ¿se lo has dado? – dijo mi tía mientras dejaba la maleta sobre la cama.

-          Por supuesto, todo va según lo previsto – parecía satisfecha consigo misma.

-          Bien – mi tía volteo sobre si misma y me miró – Holly por fin ha llegado el día, el día más importante para todas nosotras.

-          ¿Qué día? ¿Tan importante es mi cumpleaños? – me gustaría que alguien me explicara de una vez por todas de que iba todo esto.

No entendía porque Rosemary parecía conocer a mi tía, ni porque esta le había llamado Rosy. ¿Qué tenía de especial mi cumpleaños?

-          Hoy, Holly, decidirás tu futuro – dijo mi abuela.

-          ¿Mi futuro? ¿Quieres decir que tengo que decidir ya que es lo que voy hacer con mi vida?

-          De alguna manera si – continúo mi tía – Hoy decidirás en que bando quieres estar.

-          ¿Bando de qué? – estaba totalmente confundida.

-          ¿Todavía no te has dado de quien eres? ¿De quien desciendes? ¿Cuál es tu misión? – dijo Blair.

-          No se de que me estas hablando – espeté. Pero la verdad es que tenía cierta idea a lo que se refería. Se refería a algo que ya Max me contó. Aunque ese día y los siguiente yo no quisiese creerlo las pruebas hablaban por si solas. ¿Por qué sino iba a ser capaz de curar con mis manos sin que me hiciera falta ningún tipo de medicina?

-          Hija mía, eres una bruja – anunció mi abuela – Una bruja de verdad, como nosotras – las miré a las tres, me devolvieron una sonrisa cómplice – Tu madre, mi hija, también lo fué. Era de las mejores. No había hechizo que no supiera. Ni alma que no quisiera sanar.

>> Debería explicarte que las brujas siempre hemos existido. Incluso antes que se dieran a conocer. Seguro que habrás escuchado hablar que las brujas invocan al demonio o cualquier barbaridad semejante. Déjame decirte, mi niña, que eso no es cierto. Nosotras amamos a la madre tierra ya que es ella la que nos da la vida. Nos da la fuerza y su sabiduría. Pero... como en todo no todo el mundo piensa igual y se crea la rivalidad por el poder.

>> Hace muchos años, más incluso de los que te puedas imaginar, la tierra vivía en paz y armonía con todos lo seres vivos. Ella nos otorgaba su fuerza y nosotros nada más teníamos que amarla y protegerla. Pero hubo una mujer que creyó que se podía sacar más provecho de la vida. Quería utilizar el poder de la madre naturaleza para hacerse más fuerte creyendo poder ser mejor que su diosa. Muchas más mujeres la siguieron en su visión pero hubo de otras que se negaron. Esto hizo que se crearan dos bandos enfrentados entre ellos. 

>> Comenzó una lucha por el poder. La madre naturaleza no actuó, no intervino, no ayudo al bando que quería protegerla. Por lo que muchas de sus seguidoras se aliaron al otro bando. Aun así la lucha siempre estuvo igualada. Pero un día, una de las fervientes seguidoras de nuestra señora, cayó. La líder se fue al altar de la diosa, con lágrimas en los ojos por la perdida, y le rogó:

>> Señora, vos que sois la más buena, la más poderosa, la más bella ayúdanos a buscar la luz, la paz. No queremos ninguna perdida más. Nosotras amamos tanto como vos lo que nos rodea y, lamentablemente, odiamos esta guerra por tener que luchar con lo que fueron un día nuestras hermanas. Guíanos en el camino, protégenos contra mal. La diosa no contestó  pero delante de ella se materializo un objeto con destellos de múltiples colores. La joven comprendió que eso era lo que las salvaría.

>> Al día siguiente, en la batalla, la muchacha se presentó con el objeto. Antes de dar el aviso de ataque lo alzo al cielo. En su interior suplico por la paz mientras que por sus ojos brotaban lágrimas. Los destellos de luz del objeto se intensificaron y alcanzaron a todos los presentes, dejándolos ciegos por unos segundos. Cuando pudieron volver a ver se dieron cuenta que la mujer que inicio la batalla había desaparecido y sin ella las fuerzas que las animaba a la lucha.

>> Aunque ese día la batalla finalizó las ideologías de las hermanas no desapareció, igual que ambos bandos. Aquel objeto no se volvió a encontrar o quizás las hermanas que buscaban la paz definitiva lo escondieron para que nadie sacara de allí el mal. Pero se inició una búsqueda y con ella querellas entre ambos bandos. Y así continua siendo en la actualidad.

Mientras mi abuela me lo explicó podía ver ante mi todas las imágenes de aquellos momentos. La lucha, la furia, el deseo por el poder, el ansia de paz... una lucha de sentimientos se desató en mi interior. Notaba como dos hilos tiraban de mí en direcciones contrarias como si de eso les fuera la vida. Deje de ver lo que tenía frente a mí. Las fuerzas me fallaron y caí de rodillas al suelo. Alcé la mirada y me vi rodeada de bosque y vegetación. Una brisa fresca con olor a flores trajo el canto de los pájaros a mis oídos. Frente a mi había un camino, un camino que llevaba a una pequeña ermita. Conseguí levantarme con dificultad y seguí el camino. La ermita se veía vieja y desgastada por el tiempo. La puerta de madera estaba llena de vegetación. Mucho me temía que estuviera atrancada pero cuando fui a empujarla esta se abrió sola.

Una luz me cegó a la vez que llenó de calor y energía mi cuerpo. Me sentía capaz de todo y a la vez de nada. Noté como alguien ponía sus manos frías en mis hombros. Abrí con dificultad los ojos y ví a la mujer mas bella del mundo.  Tenía los cabellos del color de la avellana, largos con ondulaciones y una cinta hecho de flores de cerezo. Su piel era del color del marfil. Sus ojos cristalinos me miraban con ternura y sus labios finos y rosados me sonreían. Llevaba un túnica de un verde pálido con una cinta en la cintura de un verde más oscuro. 

-          ¿Quién eres? – pregunté en un suspiro de admiración.

Su sonrisa fue más amplia pero no contestó. Sus manos se posaron en mi corazón y una luz llena de colores brotó de todo mi cuerpo.  Luego vi una secuencia de imagines de las cuales no saque nada en claro. Salía mi tía, mi abuela y Blair frente una hoguera cantando mi nombre. Luego vi a mi lobo corriendo a la desesperada hacía un fuego. Me sentí caer y un hombre de ojos verdes me cogió del brazo y me sacó. A los dos segundos me encontraba en un callejón oscuro y escuché la voz algo mas grave de Max en mi cabeza. Quise cerrar lo ojos y no ver nada pero la última imagen me dejo paralizada. Veía mis manos llenas de sangre, mi corazón latió con dolor y de mis labios salió un rugido. Luego no vi nada, solo escuché:

-          ¡Ya vuelve! – la voz de Blair.

Cuando desperté estaba en mi cuarto y mi querida familia me observaba. Mi abuela me sonreía, mi tía me abrazó y Blair no paraba de carcajear.

Me sentía diferente. Pero no lograba recordar nada. Hace un momento estaba escuchando la historia de la abuela y ahora estaba en mi cuarto. Mi tía se separó de mí y dijo:

-          Será mejor que bajemos a tu fiesta o Rosy se enfadará – y rió para si.
Todas bajamos. Nadie había notado nuestra ausencia salvo Max que cuando nos vio se lanzó hacía nosotras. Me miró con cara interrogativa y luego sonrió.

-          ¿Pasa algo? – le pregunté.

-          No, nada, todo esta genial – y se cruzó de brazos satisfecho.

Al poco rato me sentí agobiada. No conocía a casi nadie. Mi tía y mi abuela se pusieron a charlar con unas mujeres. Blair fue de caza a la mesa de la comida y no la volví a ver. Max fue secuestrado por una mujer de cabello canoso que le empezó a preguntar cosas sobre su vida. Así que viéndome sola y con calor salí al jardín con la intención de guarecerme durante un rato en mi bosque. Pero, justo antes de traspasar el umbral de la puerta, noté una mirada en mí. Un hombre, al fondo de la sala, me miraba con intensidad. El color verde de sus ojos hizo palpitar mi corazón con velocidad. Iba vestido de negro. La camisa la llevaba un poco abierta y dejaba ver el vello de su pecho. Tenía los brazos cruzados. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida pero a la vez atractiva, atrayente.  Cerré los ojos fuerte pensando que eran imaginaciones mías, y así fué, porque cuando los abrí, él ya no estaba.