09 marzo 2012

Capitulo 12 "La luz de mi oscuridad"



Bajé las escaleras que me dirigían a la entrada de la casa. Miré por todas partes, pero no veía a nadie. A mi derecha había una sala donde tres sofás blancos rodeaban una mesilla pequeña. Los cuatro muebles honraban a la gran pantalla de plasma, que en estos momentos nos retransmitían las últimas aventuras de la familia Simpson. Me acerqué y vi al pequeño Mikel embodado viendo la televisión en el sofá del centro y a Jack estirado con los brazos detrás de la cabeza con los ojos cerrados en el sofá de la izquierda. No sabía si hacerme notar o no. Pero no me hizo falta, Mikel me oyó y se tiro a mis piernas. Levantó su cabecita hacía mi con su sonrisilla de felicidad.

-          ¿Vienes a ver la tele con nosotros?
-          Mikel, no la agobies – dijo un Jack sentándose en el sofá.
-          No te preocupes – le dije- Claro, pero ¿me puedo sentar a tu lado? – le dije a Mikel. Le estaba cogiendo cariño solo con sus sonrisas.
-          Sí, sí, sí – dijo mientras me cogía la mano y me arrastraba al sofá.

Los tres nos pusimos a ver las aventuras de esa extraña pero graciosa familia. Me reí mucho, hacía bastante tiempo que no disfrutaba de un rato tranquilo delante de la caja tonta. Mikel se reía sin parar con la cabecita apoyada en mis piernas. Jack observaba tranquilo la televisión sin ningún atisbo de humor en su cara. ¿En que estaría pensando?

Al cabo del rato Mikel se quedó dormido. No era difícil adivinar que era así, pues sus mini ronquidos eran audibles, eran como el ronroneo de un gato al sentir una cariñosa caricia.

-          ¿Debería despertarle? – le pregunte a Jack.
-          No, déjale un ratito así – dijo con una sonrisa fraternal – Cuando te trajimos anoche se puso muy contento y estuvo despierto hasta muy tarde esperando a que te despertaras por casualidad – dijo divertido – Se quedó dormido mientras decía todo lo que quería hacer con su... – calló al instante.
-          ¿Con su que? – dije.

Nos quedamos callados observándonos. Esperando a ver quien cedía. Estaba cansada de misterios, quería respuestas y las quería ahora. Pero el Señor no estaba de acuerdo conmigo y alguien entró en la sala haciendo acto de presencia.

-          ¡Vaya! Pensé que los tres os despertaríais más tarde siendo domingo – dijo el abogado.

¿Qué hacía en la casa? ¿Acaso ahora los abogados vivían en la casa de sus clientes? El abogado llevaba unos vaqueros y un suéter blanco que contrastaba con el azul oscuro de sus ojos. Su miraba era risueña, feliz. A pesar del labio partido a causa del puñetazo de mi padre.

-          Shhhhh – dijo Jack – El terremoto se a quedado dormido. No los despiertes tío James.

¿Su tío? ¿El abogado era su tío? ¿El representante de mi madre era su tío?

-          ¿Has dormido bien Samantha?
-          Sí, muchas gracias por dejarme quedar aquí – dije siendo cortes.
-          No, gracias a ti por estar aquí – me dijo guiñándome el ojo, se sentó en el sofá libre – Espero que traigas un poco de alegría a esta casa, le hace falta.
-          James... – dijo Jack amenazante.
-          No me mires así sobrino – dijo alegre – Os hace falta un aire nuevo – su cara cambio y volvió a ser el abogado serio – Samantha la policía vendrá dentro de nada. Quiere respuestas a lo referente a tu padre.

Tragué saliva. ¿Qué les iba a decir? ¿Qué mi padre no era un hombre violento? ¿Qué atacó al abogado de mi madre en un acto de proteger a su hija? O ¿qué llevaba doce años pegándome? Porque..., ¿por qué se sentía deprimido por la falta de mi madre? ¿Qué día tras día pagaba conmigo todas sus iras? Podría decirles todo eso, y más, pero ¿para que? ¿para que otra persona sintiera pena por una pobre niña que fue abandonada por su madre y maltratada por su padre? No quería que nadie más sintiera pena por mi, ya tuve suficiente dosis ayer por la noche. Todos querían respuestas, pero ¿quién me las daba a mi?

08 marzo 2012

Muerte, sangre y dolor...

Llevaban ya un día entero encerrados en la trampilla que sus padres hicieron bajo el suelo de la casa para esconderse. El mayor de los dos muchachos todavía escuchaba como alguna bestia rondaba cerca ya que le llegaba su olor pero era tan tono que no identificaba de donde venía. El más pequeño temblaba entre los brazos de su hermano. Deseaba que su hermana volviera pronto. Tenía mucho miedo. 


La bestia de ojos ambarinos se recorría toda la estancia siguiendo el olor. Ya había restregado su mugrienta nariz varias veces por encima de la trampilla pero había pasado de largo al no encontrar nada lógico. Se comenzaba a desesperar, estaba hambriento y la ira iba apoderándose de él. Así que según pasaba los minutos iba destrozando más y más cosas. 


Los niños cada vez tenían más miedo. Era la primera vez que Nay los dejaba tanto rato a solas. Ellos no sabían como defenderse. 


La bestia cargo con la estufa de metal y la tiro con el suelo con furia, abriendo a su paso un agujero en el suelo de la estancia. El olor se hizo más fuerte. 


En las cercanías de la casa Nay notaba espantada tras un arbusto como habían dos bestias, una dentro y otra fuera por su hogar. Horrorizada no paraba de pensar en sus hermanos pequeños. 


- Son débiles - dijo Creick, que estaba junto a ella. La quería dejar sana y salva para poder seguir su camino pero parecía que el destino no le dejaba tranquilo. 


- ¿De ojos amarillos? - pregunto ella. 


Comenzaba a amanecer y la noche daba paso a la luz,a la claridad, pronto las criaturas se cansarían de buscar, eso si es que no les superaba el hambre. Creick miró a Nay incrédulo. 


- ¿Eres ciega? - pese a sonar como un insulto la pregunta era una pregunta seria. 


Creick se acaba de dar cuenta de la capa de brillantes que los ojos claros de Nay presentaban. Como si tuviera una fina capa de tela brillante. Nay agacho la cabeza. 


- No del todo, distinto el movimiento de "cosas" por suerte tengo el sentido del oído y del olfato más desarrollados. Por lo que identifico mucho mejor que una persona normal de donde vienen los sonidos y puedo distinguir a esas bestias de cualquier otra cosa. Huelen fatal... 


- Pero antes... Con tu arco... Tu... 


Creick estaba incrédulo, antes, era de noche y ella desde su escondite disparó a la bestia con su arco una flecha que dejo al bicho con un boquete en toda la cabeza. 


- Ya te dicho puedo... - Nay interrumpio sus palabras cuando escuchó el estruendoso ruido que salió del interior de la casa - ¡Mis hermanos! 


No se lo pensó dos veces y salió corriendo sacando su arco y preparando una flecha que en cuanto la bestia que estaba fuera se le fue a acercar se la llevo incrustada entre ojo y ojo. 


- Esta mujer... Guau... - dijo Creick para si - Espérame loca. 


La puerta de la entrada estaba destrozada. Nay se apoyo contra el marco preparada para girarse y entrar con otra flecha preparada en el arco. Creick ya se encontraba a su lado con la espada en mano. Un grito desgarrador salió del interior y Nay no pudo aguantar más. Pero cuando llegó al lugar de donde procedía el grito ya era demasiado tarde y ella se quedó paralizada. 


Creick estaba fuera de si al ver la escena. Un crío, que parecía tener unos 8 años, estaba muerto en el suelo, con toda la espalda desgarrada dejando ver la columna vertebral. El estomago se le revolvió un poco pero había visto cosas peores, por desgracia. Al lado de este había un crío más pequeño, de unos 6 o 7 años, con el pie totalmente quemado al lado de una estufa destrozada. Lloraba desconsolado. Pero por otro lado la bestia se retorcía de dolor con los ojos lleno de brasas de la estufa. Y pronto entendió que había ocurrido. 


El crío mayor había protegido al pequeño, a costa de su vida, este, en un intento de hacer algo por su hermano chutó la brasas con su pie descalzo para que le llegaran a la bestia y dejara de comer. 


- Coge a tu hermano, ¡vamos! - le gritó Creick a Nay. Esta reaccionó. 


Creick cargó contra la bestia poniéndole la espada en la garganta. La bestia gritaba y gritaba por el dolor. No veía, las brasas le habían quemado los ojos y sangraba una viscosidad oscura. 


- Era solo un crío... - dijo Creick - solo un crío. 


Le pego un rodillazo en el estomago, se apartó y con un corte limpio, le cortó la cabeza. El silencio se hizo en aquel lugar. 


Más tarde, en las profundidades del bosque, en una cueva, había una pequeño fuego rodeado por tres personas. Creick cortaba con su cuchillo un trozo de madera para pasar el tiempo. El pequeño con el pie vendado y con fiebre dormía en los brazos de su hermana totalmente exhausto. Nay estaba en shock. No sabía que tenía que hacer. 


- Mañana por la mañana os llevaré a un aquelarre que hay cerca de aquí. Es un día de camino más o menos.  Ya cargaré yo con el chaval. Allí os acogerán y podrán curar mejor a tu hermano. 


Nay solo se limitó a asentir.... 

07 marzo 2012

Capitulo 11 "La luz de mi oscuridad"



La luz entraba por la ventana de la habitación iluminando la cama en la que me encontraba. Estaba desorientada. No sabía que hacia allí. Pero estaba tranquila. Mientras dormía alguien me había cambiado y me había puesto un pijama. Era de chico y me quedaba bastante grande. Miré a mi alrededor. Donde fuera que estuviese alguien muy amable había dejado encima de la mesilla de noche un desayuno para mi. Había zumo de naranja, tostadas, un croissant y unas pastillas de mantequilla. Quien sea que me lo haya traído me conocía, o al menos sabía mis gustos. En mi casa no desayunaba eso todos los días, pero era el desayuno que más me gustaba. Alguien picó a la puerta. No conteste, pero la puerta se abrió y se asomó una cabecita sonriente, con el pelo revuelto a causa del sueño y las mejillas sonrosadas. Como si de un torbellino se tratase, Mikel se subió en la cama y empezó a saltar.

-          ¡Sam esta aquí! ¡Sam esta aquí! – cantaba.

Yo me empecé a reír. Me contagió su alegría. Entonces Mikel paró y se arrodilló frente a mi, levanto su manita y me acarició la cara.

-          Eres de verdad.
-          Mikel, ¿dónde estoy? – le pregunté.
-          En mi casa – me soltó como si fuera algo obvio.

Cuando la policía llegó y me pidió un teléfono de algún familiar yo le dije que no tenía a nadie más. El abogado me corrigió diciendo que tenía a mi madre, y me prometió que me llevaría con ella. Pero si me iba a llevar con ella, ¿qué hacía yo en casa de Mikel? O para ser realistas, de Jack. Quizás mi madre viviera lejos y hasta que pudiera ir con ella me iba a dejar aquí. Pero ahora que lo pienso... Parecía que Jack y el abogado se conocían. ¿De qué?

-          Vaya, veo que ya estas despierta – alcé la mirada y ahí estaba Jack – Tu, mocoso, ¿qué haces molestando a Sam? – le dijo a Mikel.
-          ¡Quiero jugar con Sam! – dijo Mikel saltando de nuevo en la cama.
-          Ahora no puede jugar, tiene que desayunar ¿no lo ves? – dijo mientras señalaba la bandeja.

Mikel paró y se bajó de la cama. Comenzó su marcha hacia la puerta.

-          Mikel, después jugamos a lo que quieras ¿vale? – le dije intentando que volviera a sonreír.
-          ¡Vale! – dijo mirándome feliz. Salió corriendo.

Jack se acercó y se sentó en la cama.

-          ¿Has dormido bien? – me pregunto amable.
-          Sí – sonreí- Gracias por todo, espero no ser una molestia en tu casa.
-          ¿Qué dices? – me apartó la mirada y juraría haberle visto sonrojarse – No eres una molestia – cogió una tostada – Y ahora come- y me la metió directamente en la boca.

Pensé que me iba atragantar, pero conseguí comerme la tostada entera. Me comí el resto del desayuno mientras, una vez más, tenía la mirada de Jack puesta en mi. Se levantó y de camino a la puerta me dijo:

-          Venga, vístete rápido – giro un poco la cara – Te espero abajo – me guiño un ojo y se marchó.

Mi corazón empezó a latir rápido. Me quede petrificada mirando a una puerta cerrada. ¿Pero que me pasa? Solo me ha guiñado un ojo, no era la primera vez. Moví la cabeza rápidamente intentando despejar mi cabeza. Miré a mi alrededor, mi ropa no estaba por ningún lado. Me levante de la cama, y me dirigí al gran armario blanco que estaba al fondo de la habitación. El armario estaba llena de ropa de chica. Miré las distintas prendas. Casi todas eran de mi talla. Era muy raro, pero como no quería pasarme el día en pijama cogí una camisa y unos vaqueros y me los puse. La ropa no era nueva, estaba un poco desgastada por el uso, pero era sumamente cómoda. El olor de la camisa me recordó a una bella mujer que desapareció de mi vida para dejarme en una temible oscuridad.

05 marzo 2012

Capitulo 7 "Amar al destino"


Las pesadillas nos han fascinado durante siglos porque son aterradoras, primitivas y disímiles de la experiencia de la vigilia. A menudo nos resultan extrañas, pero también obviamente nuestras, como si hubiéramos alumbrado un monstruo. Como son tan intensas y “diferentes”, comprender las pesadillas, y cuando y por qué ocurren, puede enseñarnos mucho de la mente humana. Las pesadillas son como una fisura en la tierra, un desfiladero que nos permite examinar los estratos o capas que quedan expuestos.






Muchísimos años atrás

La mañana era clara y tranquila. Los pájaros volaban en parejas buscando pequeña ramitas para hacer los nidos donde pronto nacerían pequeños pajaritos y los días se volverían más alegres con sus cantos. Un niño de pelo oscuro correteaba por un gran campo de maíz detrás de un pequeño animal.

-          Hijo, deja a tu hermano tranquilo – gritaron desde una casita pequeña y modesta a lo alto de la colina.

-          Solo estamos jugando mama – le contesto el niño con una sonrisa reluciente y con las mejillas sonrosadas de tanto correr.

Un poco más tarde, la mujer llamo a sus dos hijos a comer. El pequeño que antes correteaba se sentó a la mesa y empezó a comerse su chuletón con gran entusiasmo. Le encantaba los chuletones que cocinaba su madre, sin ningún condimento especial, fritos a la parrilla en su propio jugo. El pequeño animal, que antes era perseguido, era un pequeño lobo.

-          Toma hijo – dijo la mujer dejándole un plato en el suelo – Espero que pronto domines la transformación y así podamos comer todos en la mesa como una familia – añadió mientras le rascaba detrás de una oreja.

El lobito la miro con una sonrisa lobuna, con la lengua a un lado dándole un aspecto gracioso. Sus ojos color esmeralda brillaban felices. Le dio un mordisco al chuletón troceado de su plato. A él también le gustaría poder dominar pronto la transformación. Así su hermano pequeño dejaría de jugar con él como si fuera un animal de compañía.

La puerta se abrió y entro un hombre alto de anchos hombros y de gran musculatura. Sonreía satisfecho. Hoy había sido un gran día de caza y traía suficiente reservas para su familia para que comieran durante un mes. Le dio un cariñoso beso en los labios a su esposa y se sentó a la mesa junto a su hijo pequeño.

-          ¿Has jugado mucho hoy? – le preguntó con una gran sonrisa en el rostro.

-          Sí, Jer y yo hemos jugado toda la mañana, ¿a que sí Jer?

El pequeño lobo alzo la mirada y puso los ojos en blanco. Su padre rió ruidosamente. Estaba encantado con la familia que tenía. Su mujer era la más bella y encantadora del condado y le había dado unos hijos de los que había que estar orgulloso.  Y por el contrario que la demás gente de su condado estaba contento con que su hijo pequeño fuera un humano normal. Bueno, era de esperar teniendo una madre humana. Fuera de todas las tradiciones él se había enamorado de una humana. Como licántropo y jefe de la manada tenía que haberse casado con la loba más sana y capacitada para darle buenos cachorros o hijos, pero tras ver su querida Wendolyn podrían haber puesto a la loba que estuviera más en celo y no la había hecho ni caso. Por otro lado estaba tranquilo, pues su hijo mayor era como él. Aunque le preocupaba de cierta manera que todavía no dominase la transformación.

Wendolyn se sentó a la mesa al lado derecho de su esposo mientras le servia su plato de comida. Le encantaba tener a toda su familia a su alrededor. Sus dos hijos eran maravillosos. El mayor Jeremy era la viva imagen de su padre aunque ahora no se pudiese apreciar. Era un niño encantador con el pelo castaño tirando a rojizo, eso es lo único que como licántropo se veía, además de unos ojos verdes brillantes, pero eso también lo había heredado el pequeño. Aunque este tenía el pelo tan oscuro como ella. Lo mejor que le había pasado en la vida había sido enamorarse de John y tener junto a él la familia que tanto había ansiado. 

La familia entera disfrutó de la comida. El padre, cuando terminó de comer, se sentó en su butaca y cerro los ojos. Se sentía cansado. La mujer se dispuso a lavar los platos y salió a fuera para buscar un cubo de agua. El pequeño se sentó en el suelo y se puso a jugar con un muñequito de madera. El lobo se estiró a los pies del padre. De repente afuera se escuchó un ruido. El padre se pusó en guardia ipsofacto y salió a fuera. Era demasiado tarde, su mujer se encontraba en el suelo desangrándose en manos de un asqueroso chupasangre.

-          Jer, protege a tu hermano. Cuando te avise sal por la puerta de atrás y corred hacia al bosque. Esconderos donde podáis, pero que sea bien lejos – dijo su padre con dientes apretados sin dejar de mirar al cuerpo ya sin vida de su mujer.

Jeremy mordió la camiseta sucia de barro de su hermano y tiró de él hacía la puerta de atrás, esperando a la señal de su padre. De afuera se escuchaban los gruñidos guturales de su padre mientras luchaba.

<Papa, yo también puedo luchar, quiero ayudarte>

<No, tu protege a tu hermano, no me desobedezcas. No estas suficientemente entrenado para luchar contra estos... seres>

Esperó varios minutos. Su padre no le daba ninguna señal y afuera se dejó de escuchar cualquier tipo de ruido, hasta los pájaros habían dejado de cantar. El pequeño estaba asustado y se agarraba fuerte a la pelambrera del lobo. Jer se cansó de esperar y desobedeciendo las órdenes de su padre se acercó a la puerta principal con su hermano pisándole la cola y echó un vistazo. De su pecho se escuchó un rugido cuando vió a su madre en el suelo. Escudriño con la mirada pero no había rastro de su padre.

-          ¡Mama! – dijo el pequeño que salió a la carrera hacía el cuerpo de su madre - ¿Qué te pasa? ¡Mami!

Jer se quedó paralizado al comprender que su madre ya nunca volvería a abrazarlo o a leerle cuentos a él y a su hermano Matt. Sus ojos no parecían ver nada, estaban vacíos. Pero su mente buscaba la de su padre, lo necesitaba. Pero solo escuchó el silencio.

-          ¡Aaaah! – gritó el pequeño cuando alguien lo cogió bruscamente. 

-          Ahora eres mío – dijo el hombre de piel pálida y ojos oscuros como la noche.

Jer miraba la escena pero se sentía incapaz de moverse. Tenía que proteger a su hermano, pero no sabía nada de la lucha contra vampiros. Su atención se vio robada cuando se escuchó como cuerpo duro y pesado caía frente a él.

-          Allen, este ya esta liquidado – dijo la voz de otro vampiro – Ha dado mucha guerra pero nada que no hayamos podido solucionar – y rió con maldad.

-          Bien, yo ya tengo el pequeño. Encargaos de encontrar al otro y matadlo – y acto seguido desapareció a gran velocidad entre la espesor del bosque.

Jer, cobarde y asustado, se escondió debajo del cuerpo muerto de su padre rezando a todo dios que no descubrieran su olor bajo el de su padre. Y esperando que la muerte de su hermano no fuera dolorosa. Pasaron horas y los vampiros tras no encontrar nada se fueron pensando que un niño tan pequeño no sobrevivía una noche solo. No lo habían matado ellos, pero la noche ya se encargaría de ello. Jer muerto de miedo no salió de su escondite hasta que la noche dio paso a la luz.

Había sido un cobarde, el más cobarde del mundo. Su padre había dicho que protegiera a su hermano y no lo había hecho. Y ahora se había quedado solo.

-          ¡Pero qué ha pasado aquí! – rugió un hombre mientras corría hacía donde Jer estaba junto a los cuerpos sin vida de sus amados padres.

El pobre lobo avergonzado se hizo un ovillo y gimoteó. El hombre, Mikael, cogió entre sus brazos al lobo.

-          No te preocupes Jer – dijo con voz serena – Esto era inevitable, estaba escrito y ellos lo sabían aunque querían ignorarlo. Yo me ocuparé de ti pequeño. Eres importante para todos, para la manada, eres la llave – dejó escapar un suspiro con tristeza – Pero ahora tenemos que dar paz a tus padres, hay que enterrarlos.

Aquel día, en lo alto de una colina, tres tumbas quedarían para siempre. Una vacía. Jer al lado de Mikael, observo las tumbas con tristeza. Se prometió que nunca más dejaría que alguien querido fuera victima de tal muerte. No lo permitiría, daría su vida a cambio si fuese necesario. 

04 marzo 2012

Capitulo 10 "La luz de mi oscuridad"


Había luces azules y naranjas parpadeando en una calle de una ciudad. Los vecinos se amontonaban para ver lo que había ocurrido. Un policía tomaba declaración a una señora con rulos en la cabeza. Un perro ladraba desde la verja de su casa al ver pasar a un gato atigrado desafiante. En medio de esa gente me encontraba yo. Envuelta en una manta y sentada en una camilla, mientras un policía tomaba fotos de mi brazo con moretones a causa de la fuerza de mi padre. Hacía rato que se lo habían llevado en un coche patrulla esposado. Yo me encontraba sola. Intentando no sentir las miradas de pena de mis vecinos. Una lagrima empezó asomarse por mis ojos. Tenía miedo. No sabía que es lo que iba a ocurrir a continuación. No sabía a quien acudir. Me había olvidado de memorizar el numero de Jack, además, mi móvil se encontraba dentro de mi casa a la cual no me dejaban acceder.
-          ¿Seguro que se encuentra bien señorita? – me pregunto otra vez el abogado, que estaba enfrente de mi sin quitarme ojo.
-          Seguro señor – le dije cansada.
Al pobre le sangraba la nariz. Mi padre le había echado a perder el traje que llevaba. Parecía caro. ¿Mi madre podía permitirse un abogado así?
-          ¡Sam! – grito alguien.
Alce la mirada y entre la multitud se encontraba Jack. Alzando su mano para que yo pudiera verle. Le sonreí y rompí en llanto.
-          ¡Señorito McGregor! ¿Qué hace usted aquí? – dijo el abogado.
¿Conocía a Jack? El abogado se acerco a donde este se encontraba, le saludo, hablo con el rápidamente y le hico entrar. Jack vino hacia mi. Estaba sudando.
-          ¿Estas bien? – me dijo mientras ponía un brazo protector sobre mis hombros.
-          Sí – dije mientras sorbía mis lagrimas.
-          James ya me a contado lo sucedido – hizo una pausa – Sabía que tu padre te estaba pegando... – dijo en un gruñido.
-          No sientas pena por mi, por favor... – dije apunto de echarme a llorar – ya hay suficiente gente en esta calle que siente eso por mi...
-          No siento pena por ti – me dijo – te admiro – le mire curiosa – te admiro por haber soportado todo esto tu sola tantos años.
-          ¿Pero tu como sabes eso?
-          No quería contarte lo, no, no tenía que contarte lo... – me miro – Pero no quiero mentirte, no a ti.
Le miré confundida.
-          Señoritos, un coche nos espera. Vamos, ya he hablado con la policía – me miro – mañana, si no le importa, se pasaran a hacerle unas preguntas.
Asentí. Me condujeron a un gran coche negro con cristales tintados. No entiendo muchos de coches, pero parecía bastante caro. Jack me abrazó y yo me acurruque junto a él. No le conocía apenas, pero en los momentos más difíciles había estado a mi lado sin pedirme nada a cambio y había echo que confiara en él. Estaba tan cansada, que durante el trayecto me quede dormida. Por primera vez en mucho tiempo, me dormir tranquila y segura, sabiendo que la pesadilla había pasado. 

02 marzo 2012

Capitulo 6 "Amar al destino"


La oscuridad es la ausencia de luz. Científicamente, es posible alcanzar una cantidad reducida de luz. La respuesta emocional a la ausencia de luz ha inspirado diversas metáforas en literatura, en simbolismo y en las artes.

















No lo entiendo. ¡Pero si es una niña! Miré entre los árboles la gran casa iluminada, llena a rebosar de gente. Cerré los ojos e intenté calmarme. Me había puesto nervioso cuando ella me miró y no tuve más remedio que salir de allí. Volví a mirar. Ella estaba en una pequeña terraza con los ojos cerrados, el pelo era acariciado por la suave brisa y su vestido, tan puro como su corazón, se ceñía a sus pequeñas curvas. Un chico, alto, moreno y de movimientos vacilones se le acercó. Le tiró de un mechón haciendo que ella hiciera una mueca de fastidio. Afiné el oído.

-          Estas muy guapa Holly – soltó el chico con una voz que no había terminado de madurar.

-          ¿Qué quieres Tomas? – el fastidio se notó en su voz.

Él le acarició la mejilla, ella se apartó.

-          Venga, no te hagas la dura, al fin y al cabo no somos hermanos – intentó ser persuasivo pero se notaba que no tenía mucha practica, pobre chaval.

-          No me toques – su voz sonó amenazante, el rió – No quiero tenerte cerca Tomas, ¿no lo entiendes?

-          Eso es solo una reacción ante lo desconocido hermanita – se acerco más a ella arrinconándola contra la barandilla – La verdad es que te atraigo, por eso huyes, porque tienes miedo – se apoyó en la barandilla impidiéndole cualquier tipo de escapatoria a la pobre muchacha.

¿Debería intervenir? ¡Pero porque narices me lo pregunto! Ella no me conoce, soy un desconocido. ¡Que me importa que le pase! Seguro que es una niñita pija, mimada y consentida. Alguien como yo no tendría que acercase a alguien como ella. No éramos de la misma clase, y para empezar tampoco teníamos ni la misma edad.  Vi como el chico se le acercó para besarla, ella cerraba los ojos con fuerza. Sentí como la sangre hervía en mi piel. ¿Pero que coño...?





-          Apártate Tomas, por favor – no quería, no quería besarle.

Me repugnaba la misma idea de tener cualquier tipo de contacto con él. ¿Por qué nadie venia en mi ayuda? Noté la respiración cada vez más cerca de mi malvado hermanastro. No quería, mi primer beso no quería que fuera con él. Cerré los ojos y supliqué en mi interior por que alguien se apiadara de mi y me ayudase.

-          Me parece que la señorita no esta de acuerdo contigo, será mejor que te apartes de ella chaval – abrí los ojos, los cuales se dilataron al ver a aquel hombre de nuevo.

Su mirada era mortal mientras miraba a Tomas, su mano apoyada en su hombro parecía poder rompérselo en cualquier momento. Tomas, acobardado, se apartó.

-          ¡Y quien narices eres para decirme lo que debo o no hacer! – le espetó.

-          El que te partirá en dos si no tratas a las chicas como se merecen – dio un paso en dirección a Tomas amenazante, este retrocedió dos – vete antes de que me arrepienta y no te de la lección que te mereces.

Tomas salió por patas y no miró atrás. Miré al hombre asombrada. Se me había quedado la boca seca. ¡Era guapísimo! Antes no me había dado cuenta pero la camisa marcaba sus fuertes músculos, su mirada, verde como la esmeralda, brillaba más en la oscuridad que cuando le daba la luz, su pelo castaño tirando a rojizo estaba peinado descuidadamente dándole un aspecto desfrenado y atractivo. Se giró para mirarme.

-          ¿Estás bien? – su mirada me hipnotizo.

-          Si..., si, estoy bien – tragué saliva, me había puesto nerviosa – Gracias.

-          Deberías ir con cuidado, a las chicas hermosas les pasa eso muy a menudo, deberías llevar algo para defenderte – dijo mientras se rascaba la nuca con descuido.

-          Lo..., lo tendré en cuenta, gracias – no podía moverme de aquel lugar, no quería dejar de mirarle - ¿Has venido a la fiesta?

-          Podría decirse que sí, pero ya estaba apunto de irme – miró a los ventanales donde la gente no paraba de chismorrear y beber.

-          ¿Y porque..., porque no te quedas un poco más? – sonreí nerviosamente.

Se levantó un brisa que amenazo con levantarme la falda del vestido, rápidamente puse mis manos en ella para evitar quedar en ridículo. Cuando alcé la vista aquel hombre había vuelto a desaparecer. Miré a mi alrededor, pero no había ningún signo de que él hubiera estado allí en algún momento. Me apoyé en la barandilla con los codos y acomodando mi cabeza entre mis manos. Un suspiro involuntario salió de mis labios. Cerré los ojos y la imagen de aquel hombre seguía gravada en mi mente. Él estaba serio, con la mirada como si me estuviera mirando e interiormente, en secreto, deseé poder volver a verlo algún día otra vez.

Me desperecé y decidí entrar en la bulliciosa sala. La gente seguía hablando y comiendo, como antes, sin prestar atención a la persona por la que se celebraba aquella fiesta. A lo lejos vi a mi tía apoyada en el cabezal de una butaca donde descansaba mi abuela. No sabía porque, pero de repente se la veía más mayor. Como si el cansancio de tantos años se hubiera echo presente en aquel mismo instante. Mi abuela dio un sorbo al vaso lleno de agua que tenía en una de sus manos. Nuestras miradas se cruzaron. Durante unos segundos se mantuvieron fijas una en la otra. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal en el mismo momento que el vaso de mi abuela caía en el suelo, rompiendo en mil pedazos y su cabeza se ladeo cerrando los ojos.

-          ¡Abuela! – grité centrando en mi cientos de pares de ojos.

Mi tía me miro como corría hacía su dirección y luego miro a mi abuela. Me arrodille a sus pies y cogí su mano tibia.

-          Abuela, ¿estás bien? – las lagrimas no salían pero tenía ganas de llorar.

-          ¡Que alguien llame a una ambulancia! – dijo alarmada mi tía, aunque ella sabía, al igual que yo, que ya nada se podía hacer.

La gente no tardó en irse a casa o a sus habitaciones, apenas llegó la ambulancia. Aquel día se llevaron a mi abuela tapada en una de esas mantas que guardan el calor. Aunque ya no servía de nada. Mi abuela había fallecido, iniciando algo que muchos de los que estábamos presentes mirando la escena quizá desconocíamos.

Aquel día fue la última vez que recibí un abrazo por parte de mi padre. Mi tía, más tranquila de lo que era de esperar, se mantuvo a mi lado cada segundo con mirada fija en los ojos carmesíes de Rosemary, la cual también la mirada. Parecían mantener una conversación nada agradable entre ellas. Al mismo tiempo ambas salieron de la sala. No sabía si para poner palabras a aquella conversación silenciosa o hacer cualquier cosa. La mano de Blair tenía cogida la mía, transmitiéndome sus condolencias y sus fuerzas, sus ganas de que yo me mantuviera firme. Sentí que siempre estaría a mi lado, apoyándome en todo. Como si de una hermana se tratarse. Tomas no estaba, pero fue mejor así. Si hubiera estado presente me hubiera estropeado el momento de tranquilidad tras el susto que estaba teniendo. Max estaba en una de las sillas de la sala observándonos a todos con mirada sería. Demasiado sería. En un momento sentí que me miraba, gire la cabeza para verle y en mi cabeza escuche su voz “Lo siento”, pero supuse que serían imaginaciones mías.

Aquella noche me prometí a mi misma que nunca más, nadie cercano y querido por mí, iba a tener el mismo final que mi abuela y mi madre. No lo permitiría. Lucharía contra la misma muerte si hiciera falta, incluso si la batalla se celebraba en el infierno, no me ganarían.


La casa yacía en silencio. La gente ya dormía en sus mullidas camas salvo una mujer. Vestida con un camisón negro salió al balcón de su habitación. La noche era oscura igual que su corazón.

-          Una nueva historia da su comienzo esta misma noche. Una nueva lucha dará comienzo cuando todas las almas maduren. Hoy se perdió un alma por esta lucha no empezada, pero muchas más caerán y sucumbirán a los pies de la nueva reina, la nueva madre. Sucumbirán ante mi, ante mi poder – alzó su brazo desnudo a la noche y un pájaro negro se posó en el en silencio – Esta vez tendré lo que una vez tubo que ser mío.

Acarició el plumaje del pájaro. Y tú querido amigo gracias por estar aquí. Porque hoy también había perdido una batalla importante, una que creía ganada. A partir de ahora tenía que idear un nuevo plan, para encontrar lo que la llevaría al trono del poder. 




En otra habitación otra mujer todavía seguía despierta mientras descansaba en una mullida cama. La cual a partir de ese día sería más familiar que nunca. No sabía si había echo lo correcto, pero en cambio no se arrepintió. Algunas veces hay que sacrificarse por el bien de otra persona.

-          Cielo, porque no te duermes ya, hoy ha sido un día muy largo – dijo el hombre que dormía a su lado, su compañero a partir de ahora.

-          Sí..., eso mismo iba a hacer – y acto seguido se recostó en la cama apoyando la cabeza en la almohada. Cerró los ojos mientras una lágrima caía por su mejilla.

 Sentía que quizás estaba traicionando a la persona que más había querido en el mundo, pero sabía que ella la perdonaría. Pues también lo hacía por la persona que más les importaba. Entonces la vio en sus sueños, sonriente y feliz, y su nueva vida comenzó con el alma llena de paz y de fuerza.




Estaba apunto de amanecer cuando le di un sorbo a mi sexta copa. A pesar de haber bebido demasiado no me sentía ebrio. ¿Es que nadie en esta puta ciudad tiene una bebida lo suficientemente fuerte para emborracharme?

Después de haber desaparecido tan rápido como me fue posible de la presencia de aquella niña que tanto me atraía me fui a un hostal medio destartalado que estaba en la carretera. Estaba cansado y quise dormirme. Tras dar varias vueltas en la cama lo conseguí, pero el sueño resulto ser más perturbador que la realidad. Vi a aquella niña en mis sueños, pero ya no era una niña, se había hecho toda una mujer. Las curvas de su cuerpo estaban bien desarrolladas y lucía una sonrisa seductora con un hoyuelo en la mejilla. Su mirada violeta esta fija en mi y me estaba invitando a que me acercara a ella. Estaba totalmente seguro que quería que la hiciera mía. Su cuerpo tiraba del mío. Quise acercarme a ella, pero cuando me decidí fue atacada y yo no pude hacer nada, mi cuerpo estaba paralizado. Sombras a mi alrededor se movían demasiado rápido para mi vista, y resulto jodidamente fastidioso, pues yo siempre había alardeado de una buena vista al igual que de unos buenos reflejos. La impotencia y la rabia se hicieron dueñas de mi cuerpo y cuando pude moverme y acercarme al cuerpo ya sin vida de aquella muchacha no la vi. La pesadilla se había convertido en un recuerdo doloroso que creía ya olvidado y cerrado bajo llave en un recóndito oscuro de mi mente.

El sudor bañaba mi cuerpo cuando desperté de golpe con un grito ahogado. Me lleve las manos a la cabeza totalmente cabreado conmigo mismo. Un hombre no debería tener tanto miedo a un recuerdo. 

01 marzo 2012

Capitulo 9 "La luz de mi oscuridad"


A la mañana siguiente padre me levantó temprano. Me metió prisa para que me vistiera.
-          Padre, si aun es pronto para salir a comer – pregunte confusa medio dormida.
-          Ya lo se – me miro severo, pero después se relajo y me dijo – Es que me he dado cuenta que hace tiempo que no te compro nada y me gustaría llevarte a alguna tienda.
Ahí me dejo patidifusa ¿Mi padre siendo generoso conmigo? Nunca me había dado nada extra. Toda la ropa que tenía la había comprado en mercadillos o en tiendas de segunda mano con la minúscula semanada que mi padre me proporcionaba. Me vestí rápidamente y salimos a la calle. El sol brillaba en un cielo despejado. Llegaba una brisa fresca. Nos paseamos por dentro de varias tiendas y mi padre me compro un par de vestidos. No quise aprovecharme demasiado, porque sabía que en un estallido de mal humor me lo echaría en cara.
Cuando nos dirigíamos a un restaurante me cruce con Raquel. Nos dirigimos largas miradas y al final ella apartó la mirada en un acto de rendición. Eso solo significaba una cosa, se arrepentía de lo ocurrido. Yo le guiñe un ojo. Me sonrió vergonzosa. Entonces mi padre me cogió del brazo y entramos a comer.
Ya a medía tarde, cuando nos dirigíamos hacia casa vi a Mikel. El hermano de Jack. En cuanto me vio salió corriendo en mi encuentro.
-          Sam, Sam, ¡eres tu!
Me quede callada. Esperando una reacción por parte de mi padre.
-          Samantha – oh oh – ¿de que conoces a este niño?
-          Es el hermano de un compañero de clase padre – dije rezando en mis adentros de que la tormenta no se aproximara.
-          Sam, ¿vienes a jugar conmigo un rato? – me dijo Mikel lleno de ilusión.
-          No se llama Sam, se llama Samantha – dijo mi padre mordaz.
Me cogió del brazo y me arrastró por la calle apretando cada vez  la presión que su mano ejercía sobre mi brazo.

Cuando llegamos a la calle donde vivíamos mi padre se paró en seco. En frente de nuestra puerta había un hombre de traje y chaqueta que miraba insistentemente su reloj de pulsera. Mi padre hizo ademán de darse la vuelta cuando aquel hombre nos diviso y vino hacia nosotros.
-          Perdone, ¿usted es el señor Mckain? – preguntó el hombre con un acento extranjero que no pude reconocer.
-          Se equivoca de persona señor, lo siento – e intentó girarse de nuevo.
-          ¡Ah! Y usted debe ser la señorita Mckain – dijo dirigiéndose a mi, dedicándome un sonrisa amable – permítame que le diga que se parece mucho a su...
-          Ya le dicho que se equivoca de persona – dijo mi padre elevando un tanto el tono de su voz.
-          No señor, es usted el que se equivoca de persona – le dijo el hombre sin de dejar de ser cortes – Soy el abogado de la señora Mckain.
Se me heló la sangre. Una gota de sudor frío bajo por mi espalda. Mi padre, que aun tenia su mano agarrando mi brazo, me soltó. Pensé que se iba a rendir, que no iba a huir de nuevo. Pero cuando el abogado iba a decir algo, mi padre se abalanzó sobre él y le metió un puñetazo.